8 de mayo de 2026
Notas sobre el concepto “apertura democrática” durante el gobierno de Luis EcheverríaNotas sobre el concepto “apertura democrática” durante el gobierno de Luis Echeverría.
Por Rodrigo Martínez Orozco*
Introducción
A Luis Echeverría, candidato y presidente, se le ha atribuido la manufactura y el uso del concepto “apertura democrática”. Inclusive se ha utilizado dicho concepto como la característica principal o una de las principales del sexenio como parte de una política emprendida por el candidato, primero, y el presidente, después, de principio a fin y de manera uniforme desde su campaña hasta el final de su periodo presidencial.[1] El objetivo del presente artículo es mostrar cómo la propuesta política y retórica de Echeverría no tuvo su fundamento en el concepto “apertura democrática”. Sostengo que el concepto emergió paulatinamente entre la primavera y el verano de 1971 en la opinión pública como un ejercicio de economía del lenguaje para intentar nombrar el abundante alud reformista del echeverriato. Por su parte, algunos actores buscaban impulsar sus propios proyectos políticos alternativos por medio de la conformación de una nueva organización independiente que encabezaría la lucha de los trabajadores en la construcción de una vía mexicana al socialismo democrático. Este fue el caso de Heberto Castillo, que inicialmente utilizó el concepto para hacer un llamado a la organización y para ensanchar la “grieta” o “apertura” que el régimen, a sus ojos, pretendía ofrecer. Por medio de la revisión de los discursos de Echeverría y de la prensa con mayor alcance y contenido polémico (Excélsior y Siempre!, principalmente), rastreo los posicionamientos y debates públicos que dotaron de formas, significados y sentidos al concepto “apertura democrática”.
La idea —dominante dentro y fuera de la literatura académica— de que Echeverría fue el padre de la “apertura” supone diversos problemas, como veremos, de índole empírico, político, historiográfico y teórico-metodológico. Lo empírico: tras una revisión de los discursos e iniciativas de Echeverría puedo afirmar que, salvo muy contadas excepciones, no hizo uso del concepto “apertura democrática”, e incluso parecía incomodarle. Su proyecto y retórica de gobierno, también cambiantes, se fundaron en otros principios. Lo político: los alcances del presidencialismo del siglo XX,[2] a menudo sobredimensionados, han contribuido a atribuir la construcción de lenguajes y vocabularios políticos dominantes a la autoría de la figura presidencial. Esto excluye a otros actores políticos y sociales que, para el caso de “apertura democrática”, fueron los que posicionaron dicho concepto en el centro del debate público. Lo historiográfico: la falta de legitimidad de las iniciativas relativamente liberalizadoras de Echeverría ha posicionado en la historia y en la memoria a la supuesta apertura como una farsa —y lo fue en muchos sentidos—. Pero las farsas también pueden historiarse e historizarse. Es necesario historiarla para comprender cómo operaron las políticas y retóricas de la búsqueda de consenso —como parte fundamental de una forma de ejercer la política que incluía altas dosis de represión y violencia de Estado institucionalizadas y profesionalizadas—,[3] además de contribuir al conocimiento de un concepto polémico[4] de nuestra contemporaneidad, como lo es el concepto “democracia” —concepto que conocemos menos de lo que presuponemos. Y es necesario historizar la “apertura democrática” para observar las transformaciones que experimentó a lo largo del sexenio de la mano de actores variopintos.
Por último, lo teórico-metodológico: el estudio de los conceptos, vocabularios y lenguajes políticos puede contribuir a ofrecer una alternativa a la visión hasta hace poco dominante sobre la democracia. La “transitología”[5] puso el énfasis en los regímenes, sistemas e instituciones políticos y formuló una definición normativa de la democracia que entiende el conflicto no institucionalizado como algo predominantemente externo a la democracia liberal. Por el contrario, la propuesta teórico-metodológica para el estudio de los conceptos, lenguajes y vocabularios políticos asume que la democracia es un fenómeno siempre disputado, en conflicto y necesariamente incierto e indeterminado.[6]
El artículo está dividido en dos partes para mostrar el contraste entre la propuesta política y retórica de Echeverría, por un lado, y el surgimiento del concepto “apertura democrática” en la discusión pública, por otro.
La propuesta retórica de Echeverría
Hacia 1969, el régimen autoritario mexicano cargaba en sus espaldas múltiples episodios de represión y violencia estatal. Por mencionar solo algunos: el movimiento ferrocarrilero de 1958-59, el asesinato de Rubén Jaramillo en 1962, la represión al movimiento médico de 1964-1965, las masacres de La Coprera en Guerrero en 1967 y la estudiantil en la ciudad de México en 1968. Luis Echeverría, como subsecretario y secretario de Gobernación durante los gobiernos de López Mateos y Díaz Ordaz, respectivamente, había acumulado una amplia experiencia en el manejo de las disidencias por medio de la negoción y de la represión. Es posible que este bagaje haya influido en la orientación de su campaña, que apuntó principalmente en dos direcciones. En primer lugar, un acercamiento con los sectores afectados por la represión de la década de los sesenta, principalmente con los jóvenes estudiantes de los sectores medios urbanos. En segundo lugar, intentó volver a dotar de carácter revolucionario al régimen que, para entonces, sobre todo entre las izquierdas, había sido duramente criticado por haber abandonado los principios originarios de la revolución mexicana.[7] En todo caso, el Echeverría candidato buscaba diferenciarse de sus antecesores, en particular de Díaz Ordaz. Revitalizar la revolución mexicana implicaba crear un espacio entre ese pasado inmediato condenable y un futuro prometedor que recuperara el espíritu popular de la gesta de 1910.
Para comunicar el mensaje y construir su propia imagen como punta de lanza de un proyecto revitalizador, Echeverría echó mano de recursos retóricos que estructuraron su discurso: algunos vocablos clave como “diálogo”, “crítica” y “autocrítica” y el lema “Con la Constitución de 1917, ¡arriba y adelante!”, acompañaron un estilo personalista e incansable orientado a concentrar en su figura personal las virtudes de un líder renovador de inspiración cardenista, cercano al pueblo. Buena parte de la campaña se basó en crear esta imagen de futuro gobernante dispuesto a entrar en contacto directo con los gobernados mientras recorría el país para conocer los problemas de primera mano.[8]
En este sentido, el vocablo “diálogo” se volvió fundamental en el arsenal discursivo echeverrista. Una de las demandas centrales del movimiento estudiantil de 1968 fue la de diálogo público y directo con el presidente Díaz Ordaz, quien respondió con mano de hierro. Para contrastarse de esta imagen represora, Echeverría, desde su destape como candidato del PRI a finales de octubre de 1969, afirmó frente a los medios de comunicación que el diálogo sería parte central de su gobierno.[9] Es evidente que el discurso echeverrista se construyó en buena medida por medio de la apropiación de demandas de las izquierdas, por un lado, para presentarse como un político capaz de escuchar a sus gobernados y, por otro, como estrategia de desmovilización de las disidencias. Echeverría le dio mucha relevancia a arrancar las banderas de sus opositores.
“Crítica” y “autocrítica” fueron los otros vocablos clave. No fue casualidad que la primera vez que los presentó en público fue frente a un auditorio estudiantil, en la Facultad de Derecho de la UNAM. Ahí se dijo “inconforme” con aquellos que habían abandonado los principios de la revolución mexicana: “tengo fe en la juventud, porque la juventud es inconforme […] Esto es autocrítica, porque soy parte del régimen de la Revolución Mexicana que tiene que tener autocrítica para que haya progreso en México” (“Expresa LEA su rotunda inconformidad con las carencias del pueblo”, El Día, 29 oct 1969, 1). Encontramos pues, una constante de su sexenio: la invitación a la crítica y a la autocrítica, lo que no excluyó, como bien sabemos, que su gobierno reprimiera diversos tipos de disidencias, aunque persiguió con especial ferocidad a los grupos guerrilleros armados.[10]
El lema de la campaña, sin embargo, mostró con mayor claridad las limitaciones de las operaciones retóricas del echeverriato. Frente a un grupo de periodistas aclaró que su lema se posicionaba más allá de “derecha e izquierda y un centro estático. La idea es arriba y adelante” (Ángel T. Ferreira. “El diálogo con el pueblo normará su criterio, ofrece”. Excélsior. 22 oct 1969. 1, 8 y 9.). Aquí encontramos dos problemas. El primero tiene que ver con la posición de México en la guerra fría del lado occidental, aunque buscando siempre conservar cierto grado de autonomía frente a Estados Unidos. Echeverría reafirmaba la posición del estado posrevolucionario que decía posicionarse por encima de los intereses de grupos y de clases para impulsar la colaboración de clases, aunque en la práctica el modelo de desarrollo había sacrificado al campo para impulsar la industrialización mientras la desigualdad crecía gradualmente (Hansen, 1982). Desde esa posición, ese “arriba”, impulsaría el desarrollo hacia “adelante”. Sin embargo, el hecho de no asumirse en la izquierda posiblemente se explique en parte por los problemas que le generó a López Mateos asumirse de “extrema izquierda dentro de la Constitución” en el contexto de la revolución cubana (Martínez Nava, 1984, 132). Echeverría era todavía candidato, mientras que López Mateos ya había asumido como presidente. El principal recurso, entonces, para hacer alusión a la revitalización de la revolución fue la alusión a la Constitución de 1917, cuerpo doctrinario de las conquistas populares que el echeverrismo decía que buscaba recuperar. Lo que se podía decir durante la campaña, pues, tenía sus límites. Habría que esperar a la toma del poder.
Pero más allá de vocablos particulares y lemas de campaña, ¿qué entendía Echeverría por democracia para el caso particular de México? En primer lugar, hay que decir que, como heredero de una doctrina social crítica del liberalismo conservador decimonónico, Echeverría entendía que la “democracia económica” era más importante que la “democracia electoral” o “democracia formal”. En este sentido, las mayorías constituidas más importantes eran las trabajadoras. Más que el ciudadano como actor central de la democracia, era el trabajador como representante de las mayorías. En la práctica, el Estado posrevolucionario ejercía un férreo control sobre las organizaciones de los trabajadores y sobre los procesos electorales. Privilegiar el contenido social por encima del político tenía también una aplicación práctica para el régimen autoritario: las reformas democratizadoras podían postergarse indefinidamente mientras se atendieran de cierta manera las necesidades mínimas básicas de los trabajadores encuadrados en las organizaciones del PRI.
En todo caso, Echeverría no veía gran problema en el desempeño de la democracia electoral mexicana. En el discurso de toma de posesión, el 15 de noviembre, hizo alarde de los avances en materia electoral:
Democracia es sinónimo de desarrollo político. En nuestra época la democracia mexicana logra la elección directa de los funcionarios, incorpora a la mujer al sufragio, crea un sistema para favorecer la representación de los partidos minoritarios, perfecciona los procedimientos electorales y otorga el voto a los jóvenes a partir de los dieciocho años. La evolución política, en realidad, ha ido a paso rápido, paralelo al vigoroso impulso del desarrollo social y económico […] La no reelección es el mejor método para enfrentarnos a los problemas sociales con ideas siempre renovadas y con nuevos ímpetus. Hace posible la permeabilidad política de México que garantiza la estabilidad de nuestras instituciones […] EI régimen de partidos permite que se expresen las diversas tendencias ideológicas y que los naturales conflictos de pensamiento y de intereses, propios de una sociedad en evolución como la nuestra, se encaucen en términos democráticos. Nos compete elevar el tono de la lucha cívica, debatir ideas, controvertir argumentos y buscar juntos las soluciones a los problemas comunes. (Echeverría, 1970, v. 1, 20-21)
Claramente Echeverría hacía alarde de las reformas electorales de 1946, 1951, 1963 y 1969. En todo caso, a su entender, no había problemas serios en el comportamiento institucional electoral. El sistema garantizaba las posibilidades de participación y de intervención en la vida pública. A partir de esta supuesta suficiencia es que había que estimular otras áreas de la vida política, especialmente aquella relacionada con la libre discusión pública.
Hasta entonces, a pesar de los múltiples discursos de la campaña, no encontramos el concepto “apertura democrática” en boca de Echeverría. Lo más cercano que pronunció fue una alusión a las “vías abiertas”, frente a jóvenes estudiantes en Guadalajara:
Cuando se crea que debemos cambiar las formas constitucionales de convivencia política; cuando los jóvenes vigorosos, digo, quieran una dictadura, una monarquía, o simplemente el caos infecundo, podrán salir a las trincheras y precipitar el cambio. Pero si, por lo contrario, están convencidos de que las vías pacíficas del cambio social están abiertas en México, porque están abiertas, independientemente de los errores humanos, de la fatiga —tan frecuente en muchos medios administrativos o burocráticos de los regímenes revolucionarios—, de las claudicaciones, que en ocasiones se han multiplicado por parte de muchos revolucionarios, deben actuar buscando la realización de los postulados de la Constitución que nos dio la Revolución, que sigue siendo vigente y continúa teniendo una gran potencialidad creadora. (“La vía pacífica al cambio está abierta; Echeverría”, Excélsior, 2 abril 1971, 1 y 15)
Echeverría, ya como presidente, afirmaba que los canales de incidencia en la vida política eran funcionales y que la violencia política organizada como alternativa no tenía razón de ser.
Hasta aquí con el proyecto retórico echeverrista de la campaña y principios del sexenio. Hacia 1972-73, el discurso presidencial comienza a dar aún más peso al contenido económico y social y la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados (CDDEE) se convierte en el fundamento doctrinario del sexenio. Salvo uno oración marginal al final de la iniciativa de reforma electoral que el presidente mandó a la Cámara de diputados en noviembre de 1971[11] o una declaración que el presidente emitió a pie de calle como respuesta al PAN que acusaba la falta de democracia, prácticamente el presidente no hizo uso del concepto.[12] Sus prioridades estaban en otros sitios. Para localizar el momento en que “apertura democrática” se colocó al centro de la discusión pública, hay que voltear a ver otros actores.
El surgimiento de “apertura democrática” en la arena pública
El inicio del sexenio de Echeverría fue tanto o más intenso que la campaña. Además de un amplio paquete de reformas enviado el Legislativo desde diciembre de 1970, cuatro cuestiones dominaron la discusión pública a lo largo del primer semestre de 1971: 1) la renovación del PRI anunciada por el presidente del partido, Manuel Sánchez Vite, que llevó a la inclusión de la triada “diálogo”, “crítica” y “autocrítica”, en los documentos fundamentales del partido[13] y que retomó cierta retórica democratizadora del madracismo de los años sesenta;[14] 2) la resolución del conflicto en la Universidad Autónoma de Nuevo León —que enfrentó al gobernador Salvador Elizondo con estudiantes, trabajadores y el rector de la universidad— a raíz de la intervención de Bravo Ahúja que terminó con la renuncia del gobernador y la victoria, a ojos de algunos, de la práctica del diálogo echeverrista; 3) la liberación de presos políticos, incluidos Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, José Revueltas y diversos estudiantes, además del regreso de los líderes estudiantiles del 68 exiliados en Chile; 4) la matanza del jueves de Corpus, las renuncias de tres funcionarios clave (Alfonso Martínez Domínguez, regente del Distrito Federal; Rogelio Flores Curiel, jefe de la policía capitalina y, más tarde, el procurador general Julio Sánchez Vargas) identificados con el expresidente Díaz Ordaz y la promesa de una investigación a fondo sobre dicha masacre que nunca se realizó.
El curso que tomaron estos cuatro acontecimientos implicó que comenzara a hablarse de que, en el gobierno de Echeverría, estaban “abiertas” las vías al diálogo, a la crítica y a la autocrítica. Paulatinamente “lo abierto” comenzó a nominalizarse como “apertura”. Pero fue hasta que la masacre del jueves de Corpus actuó como catalizador de las experiencias de los primeros meses del echeverriato que el sintagma “apertura democrática” emergió como síntesis de una promesa y de una posibilidad de futuro democrático y, en el camino, como el eje articulador de la discusión política.
En buena medida, la difusión del sintagma “apertura democrática”, que lo llevó a convertirse en concepto fundamental del sexenio, se debió a la presencia e influencia de Heberto Castillo —uno de los líderes de dos de los movimientos más importantes de los sesenta: el Movimiento de Liberación Nacional y el movimiento estudiantil de 1968— en el debate público. Un día después del jueves de Corpus, El Universal recogió las declaraciones de Heberto, que calificó el desarrollo de la masacre como “doloroso e indignante”:
Está claro para nosotros que el Gobierno Federal caminaba por un proceso de apertura democrática. Así lo indicaba su decisión de liberar reos políticos, de permitir el regreso a la patria de algunos mexicanos que participaron en el movimiento estudiantil de 1968. Así lo mostraba la coincidencia del gobierno con algunas tesis políticas defendidas por los estudiantes en 1968. Así lo indicaba, por último, el tratamiento dado al problema universitario de Nuevo León (“Declaraciones del ing. Heberto Castillo”, El Universal, 12 jun 1971, 1 y 5).
Heberto Castillo reafirmaba lo que había sostenido en las últimas semanas: la existencia de la apertura democrática como un proceso amplio y general, es decir, no como una acción aislada o particular. De hecho, al enlistar los componentes de la apertura democrática y sistematizar una serie de acciones y comportamientos bajo un mismo nombre estaba subordinando las partes a un todo que comenzaba a definirse. Era el tránsito de “una” apertura —al diálogo, la apertura de la vida social, la apertura de canales, etc.— a “la apertura democrática” como cúmulo de experiencias inmediatas y añejas que podrían acuñar un horizonte de expectativas aún por precisarse: el horizonte de una posible democratización, aunque, para el caso de Heberto, construida desde abajo. En este último sentido, volvía sobre lo dicho en otros artículos y declaraciones: “Organicémonos y hagamos uso de las vías democráticas, apenas entreabiertas, para abrirlas más. […] La brecha abierta para el ejercicio de los derechos democráticos se ampliará cada vez más si transitamos por ella” (“Declaraciones del ing. Heberto Castillo”, El Universal, 12 jun 1971, 1 y 5). El matiz introducido no puede pasarse por alto. Si bien comenzaba a concebir a la apertura democrática como proceso general y generalizador, esto no implicaba la existencia efectiva de un régimen democrático ni de una gran iniciativa presidencial democratizadora para transformar el régimen. Se trataba de una “brecha” solo “entreabierta”, pero con posibilidad de ensancharse a partir de la organización política independiente. Las concesiones hechas por Heberto hacia el gobierno de Echeverría no deben leerse como una especie de apoyo a su política liberalizadora, sino como la lectura pública de un personaje recién liberado de la cárcel que estaba midiendo los límites de la libertad de expresión y prensa del nuevo gobierno.
Por su parte, la revista Siempre! publicó la carta de 14 intelectuales[15] a propósito del jueves de Corpus. Se trataba del grupo en torno a su suplemento cultural La cultura en México y otras destacadas figuras del ámbito cultural. Plantean entonces, tres puntos. Destaco el 2 y el 3 ( que se diera a conocer públicamente quién financiaba y dirigía a los halcones). Y el 3 Vale la pena citarlo en extenso:
Los problemas políticos exigen soluciones políticas. La frágil vida democrática de México se encuentra frente a una disyuntiva: la democratización o la represión. Los hechos del día 10 constituyen una nueva tentativa de las fuerzas que propician una política de mano dura, la supresión de libertades ya escasas y sumisión a intereses minoritarios en contra de todos aquellos que deseamos una política de apertura, libre acción ciudadana y atención a los problemas populares (“Declaración de 14 intelectuales”, Siempre!, n. 939, 23 jun 1971, 4-5).
La “política de apertura” que deseaban era lo opuesto a la violencia ocurrida el 10 de junio y un punto de encuentro entre intelectuales de muy diversa índole que se agrupaban por medio de la integración negativa surgida tras su oposición a la represión del 68 y reforzada tras el halconazo en el 71. Si la apertura era una “política”, entonces tendría que haber sido formulada, ejecutada y difundida desde el poder. Observamos cómo desde muy temprano se le atribuyó al gobierno echeverrista la autoría de la supuesta apertura. Es posible afirmar, a su vez, que, al igual que Heberto Castillo, estos intelectuales estaban utilizando el concepto de “apertura” como un concepto que permitía nombrar diversas iniciativas gubernamentales sin la necesidad de enlistar cada una por separado. La economía del lenguaje acompañaba el proceso de difusión del concepto “apertura democrática”.
El proceso de difusión del uso del término “apertura democrática” estuvo acompañado de una doble operación de reflexión: cuál era su autenticidad y legitimidad y qué expectativas de futuro adjudicarle. Lo que no quedaba muy claro aún era su fecha de inicio. Como hemos visto, algunos extendían la apertura democrática hasta el inicio de la campaña misma de Echeverría sin reparar en las diversas capas que fueron integrando en el concepto. Para otros, sin embargo, la apertura era producto de una acumulación de experiencias que tuvo su expresión simbólica inaugural el 15 de junio. En su editorial del 21 de julio titulado “Cara y cruz de nuestra apertura democrática”, la revista Siempre! hacía un repaso de lo que hasta ese momento alcanzaban a agrupar como “nuestra apertura democrática” desde el contexto de espera de los resultados de la investigación sobre el jueves de Corpus. Dicha espera había producido dos tendencias, los optimistas y los impacientes: “ha producido una atmósfera nacional en la cual diversas reacciones producen esperanza e impaciencia; incomprensión por una parte y optimismo desbordado por el otro, todo lo cual contribuye a mantener, en una etapa que debía suponerse entregada a las rectificaciones y al nuevo aliento, cierta persistente confusión.” La asociación entre la “apertura” y la incertidumbre o confusión existió desde el momento mismo en que el sintagma se transformó en concepto a raíz del halconazo.
Ante la confusión, el editorial buscaba proponer una vía de comprensión sobre lo que estaba aconteciendo. La aceptación entonces de las renuncias de Martínez Domínguez y Flores Curiel “cimentó en los hechos lo que debía esperarse en las palabras.” En la práctica, decía el editorial, las renuncias implicaban la aceptación presidencial del derecho a la manifestación, un parteaguas histórico, especialmente con el 68 en el horizonte:
Para el Presidente Echeverría no es delito manifestar discrepancias en la plaza pública; el delito está en la represión de esas manifestaciones. Y este signo de amanecer de una larga noche surgida en un crepúsculo de otoño en 1968, en la enrojecida plaza de Tlatelolco, fue considerado como el anuncio de una apertura democrática, de una modificación fundamental en la deteriorada relación pueblo-gobierno (Cursivas mías. “Cara y cruz de nuestra apertura democrática”, Siempre!, n. 943, 21 jul 1971, 16-17).
La liberación de los presos políticos ya había dado muestras de tal apertura, según la revista de Pagés Llergo. En el futuro inmediato, “impera la seguridad de que no habrá más represiones ni con el fusil que diezma al grupo de manifestantes ni con procesos judiciales amañados.” La revista estaba enunciando las condiciones necesarias de una democratización legítima y auténtica, más que celebrando la certeza en un porvenir inevitable.
Era este, sin embargo, un camino que apenas se comenzaba a andar: “Sería cortesano o perverso pensar que con estas rectificaciones iniciales está consumada y terminada la apertura democrática.” A los gobernados les correspondía dar “nuevos pasos sobre la brecha abierta en la apertura democrática” para disipar resentimientos. Caminar esa brecha significaba “presionar a las autoridades gubernamentales para la ejecución de una política favorable a los intereses de la nación y a sus anhelos democráticos”, presionar para que la investigación del jueves de Corpus llegara a buen puerto y para garantizar la democracia sindical, presionar “para que se anulen los obstáculos que hoy encuentran grandes sectores de nuestra población para integrar sus organismos de clase, es, verdaderamente, ayudar a un Presidente que pretende avances democráticos o censurarlo y oponer la fuerza de la opinión pública al gobernante con vocaciones antidemocráticas” (“Cara y cruz de nuestra apertura democrática”, Siempre!, n. 943, 21 jul 1971, 16-17). De la “apertura democrática” legítima, dependía, en pocas palabras, la transformación radical de la realidad del país. Los fundamentos hebertistas en este editorial son evidentes, desde el uso de los vocablos “brecha” y “apertura” hasta la invitación a andar el camino para abrirlo aún más. Las tesis de Heberto se posicionaron al centro de la discusión en Siempre!.
Hacia el otoño de 1971 el concepto ya circulaba profusamente en la discusión pública. Aquí solamente he proporcionado algunos ejemplos por parte de un grupo de intelectuales, periodistas y colaboradores de prensa que desde la izquierda democrática simpatizaban con la propuesta de hebertista de construir una organización política independiente para encontrar la vía mexicana al socialismo democrático. Sin embargo, el sintagma fue utilizado a lo largo de todo el espectro político-ideológico. Este grupo sirve únicamente como una ventana hacia una historia más compleja que aún está por escribirse.
En todo caso, el concepto “apertura democrática” pronto perdió cualquier posibilidad de despertar optimismo y esperanzas entre estas izquierdas democráticas. La política echeverrista carecía de legitimidad para dirigir un proceso profundo de democratización desde arriba. Al retrasarse los resultados de la investigación sobre el halconazo; al incumplirse las promesas de democracia sindical, como en el caso de los electricistas de Rafael Galván; al presentarse nuevos episodios de represión estatal contra universitarios, como en el caso de Puebla, el concepto apertura democrática acumuló en su seno experiencias negativas que recordaban más a la violencia del sexenio anterior que a las promesas de futuro ofrecidas por Echeverría. Hacia mediados del gobierno echeverrista, el concepto “apertura democrática” comenzó a caer paulatinamente en desuso debido a que se le identificaba como una artimaña del poder. Además, el lenguaje echeverrista fue dando prioridad a los problemas económicos, el conflicto con los empresarios, la política exterior activa y la promoción de la CDDEE, así como al ejercicio de represión de las organizaciones guerrilleras. Hacia la segunda mitad del sexenio, el concepto era utilizado más para denunciar las insuficiencias democratizadoras del régimen que para nombrar las acciones positivas orientadas al reformismo democrático que parecía, para algunos, haberse prometido al inicio del gobierno.
Fuentes hemerográficas
El Día, 1969-1972.
El Universal, 1969-1972.
Excélsior, 1969-1976.
Siempre!, 1969-1976.
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[1] Este fenómeno acontece en prácticamente cualquier texto al respecto. Aquí solamente referencio algunos ejemplos significativos (Meyer y Aguilar Camín, 222; Pereyra, 298; Díaz Rodríguez, p. 82; Medina, 230-235; Carr, 256; Basurto, 9).
[2] La literatura sobre el presidencialismo mexicano es abundante. Para la problematización del fenómeno véase: (Pozas 2014; Gillingham y Smith 2014; Loaeza 2022).
[3] Camilo Vicente Ovalle (2019) ha analizado a profundidad el proceso de institucionalización, profesionalización y profundización de la violencia y represión del Estado durante los años setenta en México.
[4] Para Koselleck (2012, 341-342), los conceptos polémicos son aquellos fundamentales e insustituibles, sin los cuales resulta imposible comprender la realidad, que acumulan en su seno una serie de significados y sentidos diversos, así como diferentes experiencias y expectativas.
[5] Dos representantes de la “transitología” son Schmitter y O’Donnell (1986) y Huntington (1994). Para el caso mexicano, quien ha utilizado de manera radical, al grado de simplificarla en extremo, ha sido Woldenberg (2012).
[6] Autores y autoras que han abordado esta propuesta para el estudio de la democracia son Rosanvallon (2002), Hidalgo (2008), Palti (2018), Reano y Garategaray (2018).
[7] Keller (2015) y Ross (1972).
[8] Para una historia de la campaña de Echeverría, véase Mirón (2012).
[9] Ángel T. Ferreira. “El diálogo con el pueblo normará su criterio, ofrece”. Excélsior. 22 oct 1969. 1, 8 y 9.
[10] Para una mirada panorámica de los grupos guerrilleros en aquella época, véase Herrera y Cedillo (2012).
[11] “Llaman las Cámaras a Moya a informar sobre la reforma propuesta”, El Día, 12 nov 1971, 1 y 2; http://cronica.diputados.gob.mx/DDebates/48/2do/Ord/19711111.html, consultado 30 nov 2022.
[12] Jaime Durán, “Apertura en la medida que la oposición se organice y luche: LE”, Excélsior, 9 feb 1976, 1 y 14.
[13] “Reformas y adiciones aprobadas en la Asamblea del PRI”, El Día, 5 mar 1971, 4.
[14] Carlos Madrazo fue presidente del PRI entre diciembre de 1964 y noviembre de 1965. Buscó, sin éxito, impulsar una reforma del partido para cambiar en proceso de selección de las candidaturas desde la base, lo que dificultaría a las oligarquías locales influir en dicho proceso. Murió pocos años después, en 1969, en un accidente aéreo (Pozas, 2014, 157-192).
[15] La carta fue firmada por personalidades dominantes de la vida cultural de México: Fernando Benítez, José Luis Cuevas, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Alberto Gironella, Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis, Marco Antonio Montes de Oca, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Santiago Ramírez, Luis Villoro, Gabriel Zaid. La heterogeneidad de posturas frente al gobierno echeverrista era evidente. Fuentes y Benítez, por ejemplo, como apoyos prácticamente incondicionales, mientras que Paz había declarado apoyo condicionado. Por su parte, Luis Villoro, Carlos Monsiváis y Gabriel Zaid mantuvieron siempre una actitud crítica frente al gobierno de Echeverría, aunque desde lugares diferentes del espectro político. “Declaración de 14 intelectuales”, Siempre!, n. 939, 23 jun 1971, 4-5.
Imagen: Luis Echeverría Álvarez, 1 de diciembre de 1970. Fuente: Atribución institucional al Estado Mexicano / Repositorio de origen no especificado debido a su circulación masiva en acervos digitales. Tratamiento: Colorización y retoque digital realizado mediante inteligencia artificial (Gemini), manteniendo la fidelidad de la composición histórica, 2026.
* Rodrigo Martínez Orozco: Es licenciado, maestro y candidato a doctor en Historia por la UNAM. Su campo de conocimiento es la historia política de la segunda mitad del siglo XX en México. Sus líneas de investigación son la historia de los conceptos y los lenguajes políticos y la historia de las relaciones entre la prensa y el poder. Ha sido profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima. Actualmente desarrolla la investigación “La ‘apertura democrática’ durante el echeverriato: historia de un concepto, 1969-1973”, como su tesis de doctorado.
Correo de contacto: rodrigomartinezorozco@gmail.com
Notas sobre el concepto “apertura democrática” durante el gobierno de Luis Echeverría
Resumen: Este artículo muestra cómo la propuesta política y retórica de Echeverría no tuvo su fundamento en el concepto “apertura democrática”. Sostengo que el concepto emergió paulatinamente entre la primavera y el verano de 1971 en la opinión pública como un ejercicio de economía del lenguaje para intentar nombrar el alud reformista del echeverriato. Por su parte, algunos actores —nucleados en torno a las páginas editoriales de publicaciones con alto contenido polémico como Siempre! y Excélsior— buscaban impulsar sus propios proyectos políticos alternativos por medio de la conformación de una nueva organización independiente que encabezaría la lucha de los trabajadores en la construcción de una vía mexicana al socialismo democrático. Para ellos, la democratización legítima debía construirse desde abajo, no por medio de un liderazgo como el de Echeverría.
Palabras clave: Apertura democrática; Luis Echeverría; diálogo; autocrítica.
Notes on the concept of “democratic opening” during the government of Luis Echeverría
Abstract: This article demonstrates how Echeverría’s political and rhetorical proposal was not grounded in the concept of “apertura democrática” (democratic opening). I argue that the concept gradually emerged in public opinion between the spring and summer of 1971 as an exercise in linguistic economy, an attempt to name the avalanche of reforms during the Echeverría administration. Meanwhile, some actors—grouped around the editorial pages of highly polemical publications like Siempre! and Excélsior—sought to promote their own alternative political projects by forming a new, independent organization that would lead the workers’ struggle in building a Mexican path to democratic socialism. For them, legitimate democratization had to be built from the ground up, not through a leader like Echeverría.
Keywords: democratic opening; Luis Echeverría; dialogue; self-criticism.
Cómo citar este artículo: Martínez Orozco, Rodrigo. Notas sobre el concepto “apertura democrática” durante el gobierno de Luis Echeverría, Criba. Historia y Cultura, no. 12, abril-junio, 2026, pp. 36– 48.
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