12 de febrero 2026

El más bello vicio

El más bello vicio

Por Alberto Paredes*

Ce vice impuni, la lecture.

– Valery Larbaud, Domaine anglais.

Pueblo viejo

Era un pueblo
sin nada que pareciera
una librería
Nada – ni kiosco de periódicos
farmacia o papelería
tampoco la tienda general
Un pueblo viejo
sin fantasía

(Y sólo a mí me importaba
Dios mío, qué semana!)

 

Old Town

A town there it was
without nothing some alike
to a bookstore
Nothing – nor a newspaper stand
drugstore or stationery
Nor even the general shop
An old town

without phantasy

(& only me that cared
my God what a week!)

 

*

Lectoras de pura sangre

 

Ciudad de México, fines de los años ochenta e inicios de los noventa. Un examen moral retrospectivo deberá incluir entre sus premisas: ¿cuál fue la aventura y cuáles las desventuras para obtener mis ingresos en los años duros? Entonces, cuando la diritta via era smarrita e impensable, Fortuna me puso frente a un manojo de lectoras puras. Son liebres raras y finas que saltan cuándo y dónde no se les espera.

Se sabía que yo estaba a disposición, aceptando propuestas, pero según mis humores. Una llamada. Aquello respondía a las siglas FAME: una escuela o algo similar de señoras adineradas, esposas de industriales, profesionistas altamente exitosos y demás habitantes de mansiones en Las Lomas. Se trataba de que diseñara un curso literario, bien pagado, una vez por semana. No soy jugador pero gracias a la sangre que corre por mis venas entiendo el espíritu: blofear, pasar al ataque, mostrarse remiso. La paga era buena, parecía haber otras facilidades. Solicité más dinero, condicioné libertad total de temario y de ideas que podrían ser demasiado liberales, pero siempre a partir de nuestra diosa las letras. La respuesta fue sí a todo.

Habré diseñado un primer temario de cuatro meses apelando a algunas de mis sombras tutelares con el simple objetivo de leerlos con atención. Ahí empezó todo. Pronto, las “estudiantes” me hicieron ver que todas leían todo, que eran capaces de responder a preguntas, y que todas o la mayoría tenían su propia responsabilidad laboral: o bien llevaban su pequeño negocio o eran ejecutivas en firmas donde ser “la esposa/la hija de” no tenía sentido. De modo que no era un club de señoras ociosas matando el tiempo con autores inmortales. Fin del curso, dinero bien ganado.

Nueva llamada: las autoridades y el grupo básico no se daban por satisfechos. “Juguemos en serio”, dije al teléfono y en la primera nueva sesión. Todos amamos el Quijote, no es ni con mucho mi especialidad ni mi siglo de estudios: dos cursos, uno por parte. Saltó la evidencia: ellas y yo nos enfrascamos hasta el cuello en una lectura exigente, cotejando (les enseñé que así decimos) ediciones anotadas. Algo aprendimos. Todos y yo de ellas tanto como de la obra elegida. Fue la primera de las dos o tres lecturas que he hecho en mi vida adulta del clásico cervantino. Aprendí a comprender, respetar y alentar las inquietudes que adivinaba dentro de esas mujeres que formaban el grupo.

Hubo una cuarta ronda, probablemente la final: ahora Flaubert. Incluyendo la lectura de su intensa e inmortal correspondencia con Louise Colet. Si remonto correctamente el río del tiempo, llegó la fecha de mi examen doctoral. Fin del juego. Varias de ellas estuvieron presentes en la larga sesión cuyo mejor recuerdo es don Manuel de Ezcurdia: resumió las objeciones de sus colegas, dijo con voz mesurada que para él todo eso eran virtudes. “No tengo nada que preguntar.”

De manera accidentada me veía ahora frente a un sinuoso camino de trámites en la UNAM; con todo, me impuse liberarme de ocupaciones para redondear ingresos. Había que revisar la tesis para que acabase de tomar forma de libro, y los nuevos asuntos de escritura que yo mismo me inventaba con prodigalidad.

Pocas veces he vuelto a tener la experiencia de un equipo lector tan macizo. Los estudiantes de posgrado con los que preparé los volúmenes de “mi seminario”: Paradiso y poetas mexicanos recientes. Con las estudiantes (más un varón) de la USP (U. de São Paulo) que después de llamarles la atención reaccionaron briosamente retándome a que las guiara para establecer los fundamentos convenientes en su profesión de letradas en ciernes.

Muchos años después… frente al desempeño real de los estudiantes de la UNAM y los reveses ocasionados por mi actitud que acaso intentaría disculpar como idealismo, sólo para poder mirarme al espejo sin vergüenza, me vi orillado a diseñar un curso específico de literatura hispanoamericana, para estudiantes que están concluyendo la licenciatura. El Coordinador fue gentilísimo en instruirme: necesitamos que el grupo no se cancele desde sus inicios por ausencia de alumnado, de modo que… Nunca uno solo, elegir tres autores, armar una suerte de seminario básico pasando de uno a otro de la tercia de ases elegida. Por supuesto que narradores: ¿poetas?, los rehuirán así que curémonos en salud. Improcedente la extravagancia de aventurarme a explorar siglos ajenos a mi adscripción o letras francesas o sajonas. Llegado el momento, la nave navegando las aguas turbulentas de Onetti, les pregunté: Si antes de conocerme, al inicio, el semestre hubiera anunciado sólo Onetti, ¿cuántos se habrían inscrito y cuántos no? El coordinador tenía la razón cuando me había advertido: ¿Doce, catorce sesiones sobre un solo autor, por grande que sea? Esa empresa comprometería el navío por ausencia de tripulación mínima. “Principio de realidad” – diría mi Freud de bolsillo; escucharlo es ahorrarse problemas sin solución cuando se vea uno en lo oscuro del callejón solitario.

Apuesto doble contra sencillo que mientras aquellas damas no sintieran que conocían ya todos mis trucos de lector, podríamos haber aumentado los episodios de lo nuestro (alguien, acaso yo, mencionó “Shakespeare”, por supuesto, y alguien más sugirió alguna edición anotada y el santo y seña “Bloom”). Supongo también que podría haberlas azuzado con el reto de Onetti y, ya en ese punto, sorprenderlas con nombres de poetas de potente irradiación. Ellas no pretendían ni con mucho un título universitario sancionado por la SEP. No se planteaban “formarse profesionalmente” pues la manera en que profesaban la religión de la literatura era pura y desinteresada. La legión a la que pertenezco, poetas no particularmente célebres y críticos literarios, vivimos un poco de nuestra obra y sobre todo de la de los grandes maestros: escribiendo libros y manuales sobre ellos, artículos bien pagados para la prensa del momento; acaso guiones, sobre ellos; más diversas formas de la divulgación cultural en los medios. Otra modalidad bastante encomiable es ingresar a una universidad dispuesto a cumplir los requisitos de todo personal académico.

¿Dónde estáis lectores y sobre todo lectoras de pura sangre? A ellas, espero haberles hecho sentir mi respeto rayano en la devoción por su alma de lectoras. Los clásicos siempre tendrán la razón si sabemos apelar a la cita idónea: ubi sunt? Sí, siempre sí: ubi sunt, carajo? Sólo queda murmurar entre dientes la ranchera mexicana “Vino el remolino y nos alevantó”, frase, queja, que otro raro o contradictorio (como dirían Darío y Cabrera Infante), llamado Juan Bustillo Oro, volvió lema de su filme de 1949. “Vino el remolino y nos alevantó”. Mas sobrevive al inclemente vendaval de los años aquella estación en el paraíso de la lectura.

Vayan estas líneas a título de melancólico reconocimiento tardío que seguramente ninguna de ellas leerá pero que al fin pongo en palabras.

* Alberto Paredes: Poeta, ensayista, crítico literario y catedrático. Su ejercicio literario lo ha llevado a ser profesor titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde obtuvo el doctorado en letras. En 2015 apareció en una nueva edición revisada, corregida y aumentada su libro sobre narratología Las voces del relato (Madrid, Ediciones Cátedra). Ha sido investigador invitado en las universidades de São Paulo, Poitiers, Rouen y París X Nanterre-La Défense.

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