12 de mayo de 2026

Entre la vigilancia regional y seguridad interior: las operaciones LIENVOY y LITEMPO en el México de la Guerra Fría latinoamericana

Entre la vigilancia regional y seguridad interior: las operaciones LIENVOY y LITEMPO en el México de la Guerra Fría latinoamericana

Por Josué Portillo Motte*

Este 2026 comenzó de forma particularmente compleja en términos de violencia y de los mecanismos de seguridad a escala local, regional y global. En las primeras semanas del año, América Latina se vio sacudida por la intervención en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro en el marco de la llamada Operación Resolución Absoluta, la cual implicó el despliegue coordinado de diversas fuerzas y organismos de seguridad. Posteriormente, el gobierno mexicano emprendió una ofensiva contra el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). En un primer momento, la operación fue presentada como un éxito; sin embargo, las recientes declaraciones del gobierno de Estados Unidos sobre su supuesta cooperación mediante el suministro de información han propiciado, en diversos espacios de opinión, una amplia discusión sobre la vinculación de ambos gobiernos en la estrategia de desarticulación del cártel. Aún es temprano para extraer conclusiones definitivas. Finalmente, en los días en que se concluía este texto, se produjo un nuevo episodio de escalamiento en Medio Oriente, específicamente entre Irán, Israel y Estados Unidos: el saldo provisional ha sido de decenas de personas fallecidas, entre ellas un número significativo de menores de edad.

¿Por qué enunciar estos casos? Porque, pese a sus claras diferencias geopolíticas, comparten un hilo conductor transversal: el papel central de las operaciones de inteligencia en la ejecución de estas acciones. Si bien cada escenario responde a problemáticas locales y regionales, religiosas, de seguridad o de orden político-económico, todas se justifican bajo marcos discursivos de seguridad. En gran medida, Estados Unidos aparece involucrado de forma directa o indirecta en estos frentes, a través del trabajo de inteligencia y su instrumentalización estratégica. Aunque las actividades del gobierno estadounidense suelen discutirse en coyunturas específicas, estas lógicas securitarias hunden sus raíces en las primeras décadas del siglo XX y deben pensarse como parte de dispositivos de seguridad de mayor alcance y envergadura global.

De esta manera, mucho se ha escrito sobre las operaciones de intervención, vigilancia y contrainsurgencia en América Latina a partir de mediados del siglo XX. Los focos de atención historiográfica suelen concentrarse en episodios emblemáticos de la Guerra fría en la región: el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala a mediados de la década de 1950; la Crisis de los Misiles en Cuba; la articulación represiva transnacional de la Operación Cóndor en el Cono Sur; o la ofensiva contrainsurgente contra las guerrillas centroamericanas durante la década de 1980. Estos momentos han operado como nodos explicativos privilegiados para comprender la dimensión hemisférica de las políticas de seguridad y la proyección del poder estadounidense en el continente.

Sin embargo, este énfasis en los “casos paradigmáticos” ha tenido como efecto colateral la producción de una cartografía desigual de la violencia política e inteligencia en la región. En el terreno político y, con mayor persistencia, en el ámbito historiográfico mexicano, se construyó y consolidó la noción de un “excepcionalismo” que diferenciaba la experiencia mexicana de la de otros países latinoamericanos marcados por golpes de Estado, dictaduras militares o guerras civiles abiertas. Desde esta perspectiva, México habría transitado la segunda mitad del siglo XX por una senda relativamente estable, mediada por arreglos institucionales y mecanismos de contención política que lo habrían mantenido al margen de las formas más crudas de la violencia contrainsurgente observables en el Cono Sur o en Centroamérica.[1]

A esta narrativa se sumó la idea de una omnipresencia de la inteligencia de Estados Unidos en América Latina, entendida como un poder casi monolítico que imponía, de manera vertical y homogénea, planes, doctrinas y dispositivos securitarios en la región. Tal lectura tendió a borrar las mediaciones locales, las negociaciones intergubernamentales y, sobre todo, la participación activa de los Estados latinoamericanos en la configuración y ejecución de estas políticas. En el caso mexicano, esta mirada contribuyó a reforzar la imagen de un Estado que, o bien se mantenía al margen de las lógicas más agresivas de la Guerra Fría regional, o bien actuaba únicamente como receptor pasivo de presiones externas.

No obstante, recientemente diversas investigaciones han insistido en desmontar este doble supuesto: el del excepcionalismo mexicano y el de la omnipotencia unilateral de la inteligencia estadounidense. Estos trabajos han mostrado que la segunda mitad del siglo XX en México estuvo atravesada por una considerable trayectoria alrededor de las lógicas sistemáticas de vigilancia, control político y violencia estatal, muchas veces normalizadas bajo el lenguaje de la seguridad nacional y el anticomunismo. Al mismo tiempo, han subrayado la agencia de los actores mexicanos, funcionarios, cuerpos de seguridad, servicios de inteligencia, intermediarios políticos alrededor de la definición de agendas y la implementación concreta de dispositivos represivos.

En este sentido, más que concebir a México como una excepción dentro del mapa latinoamericano de la Guerra Fría, resulta más productivo pensarlo como un espacio de articulación particular de dinámicas regionales de seguridad, donde se entrelazaron intereses locales, regionales y hemisféricos. Este texto se inscribe en esa línea historiográfica: busca contribuir, de forma panorámica, a la desnaturalización del relato excepcionalista y proponer una lectura que reconozca tanto las continuidades de la violencia política en el México del siglo XX como la participación activa de actores nacionales en la configuración del orden securitario regional.

            Con base en lo anterior, este artículo se propone examinar las operaciones LIENVOY y LITEMPO, las cuales se dieron de manera conjunta entre el gobierno mexicano y la CIA en la década de los sesenta, como espacios de intersección entre agendas locales y regionales de seguridad. Se argumenta que estas iniciativas no pueden entenderse únicamente como expresiones de la omnipresencia de la inteligencia estadounidense en América Latina, por el contrario, constituyeron mecanismos de vinculación del orden securitario regional, en los que actores mexicanos desempeñaron un papel importante en la definición de prioridades, en la traducción local de doctrinas anticomunistas y en la implementación de prácticas de vigilancia y control político.

Ahora bien, en el marco de la Guerra fría latinoamericana, y con mayor intensidad tras el triunfo de la Revolución cubana, la Central Intelligence Agency (CIA) elaboró un aparato de observación y diagnóstico sistemático sobre los dispositivos de propaganda, diplomacia y proyección internacional del emergente gobierno de Fidel Castro. Desde la perspectiva de Washington, el régimen revolucionario no solo había logrado consolidar una narrativa legitimadora de su proyecto político en el plano interno, sino que había articulado una estrategia transnacional orientada a disputar la hegemonía simbólica de Estados Unidos en el hemisferio occidental. En esa lectura, la dimensión comunicativa y cultural de la Revolución fue concebida como un componente central de la confrontación geopolítica, en la medida en que permitía erosionar las bases de legitimidad del orden interamericano liderado por Estados Unidos sin recurrir necesariamente a la intervención armada directa.[2]

Los informes de inteligencia estadounidenses subrayaron que la proyección internacional cubana combinaba múltiples registros: medios de comunicación propios, redes diplomáticas informales, programas de intercambio cultural, dispositivos de atracción intelectual y estrategias de personalización del liderazgo. Plataformas como Prensa Latina y Radio Rebelde fueron interpretadas como nodos de circulación de marcos narrativos favorables a la Revolución, mientras que espacios culturales como Casa de las Américas operaron como mecanismos de articulación simbólica con élites intelectuales latinoamericanas. En la lectura de la CIA, estas iniciativas formaban parte de una arquitectura más amplia de influencia política, capaz de producir efectos de legitimación, alineamiento ideológico y, eventualmente, cooperación informal en distintos contextos nacionales.[3]

Este entramado regional de influencia fue clave para definir las prioridades regionales de la inteligencia estadounidense. En relación con lo anterior, México emergió como un espacio estratégico: por un lado, su posición geopolítica y su cercanía con Estados Unidos lo convertían en un territorio sensible para la seguridad regional; por otro, su política exterior relativamente autónoma, su densidad cultural y su papel como centro de circulación de actores políticos e intelectuales latinoamericanos lo transformaron en un nodo privilegiado de observación, mediación y tránsito de redes transnacionales. Desde esta perspectiva, el país no fue concebido únicamente como un aliado gubernamental a vigilar y coordinar, sino como un punto neurálgico en el que convergían circuitos diplomáticos, culturales, políticos y securitarios de alcance regional.

Ahora bien, poco antes del triunfo de Fidel Castro, Adolfo López Mateos había asumido la presidencia de México. A diferencia de varios de sus sucesores, el nuevo mandatario provenía de la corriente cardenista del régimen posrevolucionario, lo que lo situaba, al menos en el plano simbólico, más cerca de una tradición nacionalista y socialmente reformista. Durante este periodo, la Revolución cubana adquirió una imagen ampliamente positiva entre diversos sectores de la sociedad mexicana, en particular entre estudiantes, intelectuales y núcleos de la izquierda política, que vieron en el proceso insular la reactivación de un horizonte revolucionario que en México parecía institucionalizado y, en buena medida, desprovisto de su potencia transformadora original.[4] No obstante, López Mateos reconoció tempranamente el poder simbólico de la experiencia cubana y fue consciente de que el triunfo de Castro podía disputar los postulados y las directrices de la Revolución mexicana, un legado que el Partido Revolucionario Institucional había convertido en patrimonio político propio y, en cierto sentido, había terminado por rigidizar e incluso neutralizar como proyecto de cambio social.[5]

Por ejemplo, uno de los termómetros para evaluar la proyección de la Revolución cubana en el espacio público mexicano fue la aparición, a mediados de 1960, de la revista Política. La emergencia de la revista respondió a una convergencia de factores políticos, generacionales y coyunturales. Por un lado, existen indicios para suponer que el propio gobierno mexicano, interesado en preservar una imagen de apertura y progresismo optó por no obstaculizar su circulación. Por otro, las movilizaciones y conflictos obreros de 1959 contribuyeron a reactivar el interés por los asuntos políticos entre una generación de jóvenes intelectuales, que encontró en la revista un espacio idóneo para la expresión de posturas críticas desde la izquierda. Sin embargo, de manera decisiva, la revista surgió también de la necesidad de difundir en México una imagen favorable de la Revolución cubana, lo cual se evidencia en la centralidad que Cuba ocupó en sus secciones analíticas e informativas, donde la experiencia insular fue presentada como un referente político y simbólico de primer orden.[6] Este caso junto con el de otros movimientos sociales y actores políticos representaron un objetivo significativo para la las operaciones binacionales en materia de seguridad.

De esta manera y de acuerdo con Claire Dorfman, uno de los dispositivos de vigilancia conjunta más relevantes entre el gobierno de Adolfo López Mateos y la CIA durante este periodo fue la operación LIENVOY. Lejos de reforzar la imagen tradicional de un organismo que operaba de manera unilateral y autónoma en América Latina, las revelaciones derivadas de la desclasificación de archivos relacionados con el asesinato de John F. Kennedy han puesto de relieve la participación activa del Estado mexicano en los programas de vigilancia impulsados por el aparato de inteligencia estadounidense. Estos documentos confirman, además, la existencia de una relación estrecha y estructurada entre la CIA y el gobierno mexicano en el marco de la Guerra fría latinoamericana.[7]

Entre los hallazgos más significativos destaca que la iniciativa para poner en marcha el proyecto habría partido del propio López Mateos, quien contactó a la CIA con la propuesta de establecer un esquema de cooperación en materia de inteligencia. El organismo estadounidense, por su parte, identificó en esta colaboración una oportunidad estratégica para monitorear de manera sistemática a diversas embajadas del bloque socialista en la ciudad de México, consideradas nodos clave para la proyección de la influencia soviética y cubana en la región.[8]

En este contexto, la operación LIENVOY se desplegó en México hacia finales de la década de 1950 y funcionó como un mecanismo institucionalizado de cooperación, intercambio de información y coordinación operativa entre la CIA y determinados sectores del aparato político mexicano. En este entramado participaron figuras centrales del régimen, por ejemplo, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, quienes aparecen en los documentos estadounidenses bajo los criptónimos LIRAMA y LIENVOY-1, respectivamente. Más allá de su dimensión técnica, la operación respondía a una lógica política más amplia, orientada tanto a contener la influencia del socialismo como a vigilar los canales de información a través de los cuales circulaban sus discursos, símbolos y estrategias podían arraigar en el espacio mexicano.

No obstante, al interior de LIENVOY existieron diferencias claras en cuanto a las prioridades y alcances de la vigilancia entre los actores involucrados. Para la CIA, el eje central residía en el monitoreo de las embajadas socialistas en la capital mexicana, concebidas como plataformas de proyección geopolítica del bloque soviético en el hemisferio occidental. En contraste, la vertiente mexicana de la operación se orientó con mayor énfasis al seguimiento de movimientos sociales, agrupaciones políticas y actores intelectuales considerados potenciales focos de agitación o de “penetración ideológica” en el país. Esta vigilancia adoptó modalidades diferenciadas: en algunos casos se trató de un seguimiento permanente, sostenido por redes de informantes y reportes continuos; en otros, se activó de manera intermitente, en función de coyunturas específicas como movilizaciones públicas, crisis políticas o la emergencia de nuevos liderazgos percibidos como susceptibles de articulación con redes externas. Otra parte sustancial del dispositivo se concentró en objetivos del campo político e intelectual nacional. Entre los sujetos y organizaciones bajo observación se encontraban Lázaro Cárdenas, Alonso Aguilar Monteverde, David Alfaro Siqueiros, Vicente Lombardo Toledano, Enrique González Pedrero, así como el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), la Dirección Federal de Seguridad (DFS) la Unión Nacional Sinarquista (UNS).[9]

Los hallazgos obligan a matizar la narrativa que concibe a la CIA como un actor unilateral que operaba de manera autónoma en América Latina. En el caso mexicano, la operación LIENVOY se configuró como un dispositivo de cooperación promovido desde las más altas esferas del poder político nacional, particularmente durante el gobierno de Adolfo López Mateos. Esta iniciativa revela una convergencia de intereses: para Washington, México funcionaba como un nodo privilegiado de observación de las redes soviéticas y cubanas en el hemisferio; para el régimen mexicano, la colaboración con la CIA ofrecía recursos técnicos, informativos y políticos para reforzar su propio control interno y su capacidad de gestión del disenso.

De acuerdo con Jefferson Morley, en el contexto de los sucesos vinculados al movimiento estudiantil de 1968, la CIA instrumentalizó en la ciudad de México otra operación clave: LITEMPO. Esta se puso en marcha a inicios de la década de 1960 y se caracterizó por el establecimiento de vínculos directos de interlocución con las más altas esferas de la política mexicana. En los hechos, LITEMPO funcionó como un canal extraoficial para el intercambio de información política sensible entre el gobierno mexicano y la agencia estadounidense. La constitución y operación de esta red estuvo a cargo de Winston Scott, jefe de la estación de la CIA en México, y articuló a figuras centrales del régimen, entre ellas el presidente Gustavo Díaz Ordaz, el entonces secretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, así como a cuadros de la Dirección Federal de Seguridad, particularmente el director Fernando Gutiérrez Barrios. Esta relación se estructuró mediante diversos criptónimos asociados a la operación: el prefijo LI correspondía al código de la agencia para México, mientras que TEMPO aludía al programa de cooperación con el gobierno mexicano. En este marco, se asignaron identificadores específicos a los informantes: LITEMPO-1 al sobrino de Díaz Ordaz; LITEMPO-2 al propio Díaz Ordaz; LITEMPO-4 a Gutiérrez Barrios; y LITEMPO-8 a Luis Echeverría Álvarez.[10]

Ahora bien, en torno al movimiento estudiantil se construyó y difundió de manera sistemática la idea de que los estudiantes actuaban bajo las órdenes de agentes extranjeros o, como se afirmaba en el discurso oficial de la época, bajo la influencia de “manos ajenas” a los intereses del régimen y del país. Esta narrativa, elaborada desde el Ejecutivo, permeó rápidamente en distintos niveles de la maquinaria estatal y se reprodujo de forma transversal en los aparatos de seguridad, los discursos públicos y los medios afines al gobierno. Su objetivo no era meramente explicativo, sino político: despolitizar el movimiento, vaciarlo de legitimidad social y producir una imagen de los estudiantes movilizados como instrumentos de fuerzas externas, lo que, a su vez, habilitaba la aplicación de la violencia estatal sin costos políticos inmediatos ni consecuencias institucionales relevantes.[11]

Sin embargo, los informes de la CIA sobre el movimiento estudiantil ofrecían una lectura considerablemente distinta. De acuerdo con sus propias investigaciones, no existían evidencias que permitieran sostener la hipótesis de una dirección o injerencia extranjera sobre las movilizaciones. Por el contrario, los diagnósticos de la agencia situaban el origen del descontento estudiantil en problemas locales y específicos del régimen autoritario mexicano: prácticas sistemáticas de represión, cierre de los canales de participación política, autoritarismo institucional y acumulación de agravios en diversos ámbitos. Pese a ello, el gobierno mexicano insistió en sostener la tesis de la “conjura externa” como marco interpretativo dominante. Esta persistencia no respondió a un error de diagnóstico, sino a la funcionalidad política de dicha narrativa: al atribuir el conflicto a agentes foráneos, el régimen desplazaba la responsabilidad de la crisis, deslegitimaba las demandas estudiantiles y reforzaba la justificación de la coerción como una medida de defensa nacional, aun cuando la propia información de la inteligencia estadounidense indicaba que esa lectura carecía de sustento empírico.[12]  

Así, durante el otoño de 1968, conforme el conflicto se intensificó y se aproximaba la inauguración de los Juegos Olímpicos de México 1968, los reportes de Scott reflejaron la creciente presión dentro del gobierno mexicano por restaurar el “orden” a cualquier costo. Las comunicaciones internas de la CIA registraron que el objetivo central del Ejecutivo no era negociar con los estudiantes, sino desarticular el movimiento antes del inicio del evento olímpico, aun asumiendo la posibilidad de víctimas. Esta lógica de contención autoritaria se consolidó en las semanas previas al 2 de octubre. Tras la masacre en la Plaza de las Tres Culturas, los primeros reportes de Scott reprodujeron versiones oficiales que atribuían la violencia a provocaciones estudiantiles y a una presunta injerencia extranjera. Con el paso del tiempo, estas versiones se revelaron infundadas y contradictorias. Ni la CIA ni otras agencias estadounidenses pudieron verificar la existencia de una operación comunista internacional detrás de los hechos. La multiplicación de relatos inconsistentes provenientes de “fuentes confiables” evidenció la fragilidad analítica de la estación de la CIA y su excesiva dependencia de informantes insertos en la cúspide del régimen mexicano.[13]

            En conclusión, aunque las operaciones LIENVOY y LITEMPO respondieron a funciones diferenciadas, ambas operaciones formaron parte de un mismo entramado de inteligencia que articuló vigilancia regional, control de flujos de información y mediación política de alto nivel. Por un lado, la operación LIENVOY se desplegó como un dispositivo técnico-operativo de vigilancia sistemática de embajadas del bloque socialista, en particular las de la Unión Soviética y Cuba, así como de actores políticos e intelectuales considerados estratégicos en la circulación de ideas de izquierda. Su énfasis en la intercepción de comunicaciones, la infiltración de redes informativas y la observación de espacios culturales revela una lógica de control de los circuitos de producción simbólica y de proyección geopolítica en el espacio urbano de la capital. LITEMPO, por su parte, operó en una escala distinta: no se orientó al monitoreo de actores externos o circuitos de circulación ideológica, sino a la construcción de una red de interlocución privilegiada con las élites del régimen. A través de esta operación, la CIA accedía de manera directa a diagnósticos, percepciones y decisiones estratégicas del núcleo del poder presidencial. En resumidas cuentas, LIENVOY producía información “desde abajo” y “desde afuera” sobre las embajadas, intelectuales, organizaciones, prensa, circuitos culturales, mientras que LITEMPO funcionaba como un canal de validación “desde arriba”, que filtraba y jerarquizaba la información en función de las necesidades políticas del régimen.

Ambas operaciones se retroalimentaron: los insumos producidos por LIENVOY contribuían a alimentar la construcción de la amenaza externa, mientras que LITEMPO operaba como un mecanismo de traducción política de esa información hacia el interior del Estado mexicano. Este circuito reforzó la narrativa de la “injerencia extranjera” como explicación privilegiada de la conflictividad interna, particularmente en coyunturas críticas como el movimiento estudiantil de 1968. No obstante, los propios reportes de la CIA mostraron tensiones internas en este dispositivo: mientras el gobierno mexicano insistía en la hipótesis de la conspiración comunista internacional, la evidencia empírica reunida por las redes de vigilancia apuntaba de manera reiterada a causas locales del descontento social, vinculadas al autoritarismo del régimen y a conflictos específicos. En este cruce de escalas, la vigilancia técnica de LIENVOY y la interlocución política de LITEMPO, se configuró una forma de operación securitaria regional que no sólo producía información, sino que también moldeaba interpretaciones, jerarquizaba amenazas y legitimaba respuestas coercitivas. Así, ambas operaciones deben ser entendidas no como programas aislados, sino como componentes complementarios de una misma racionalidad de control político regional de los años sesenta.

Finalmente, estas tensiones revelan que la inteligencia no sólo falla por carencias técnicas, sino también por su inserción en relaciones de poder que condicionan la interpretación de la realidad. En este sentido, LIENVOY y LITEMPO no deben leerse únicamente como operaciones de vigilancia, sino como tecnologías políticas que contribuyeron a producir un determinado régimen de verdad sobre la protesta, la disidencia y la “amenaza externa”. Su estudio permite, por tanto, comprender mejor la dimensión regional del autoritarismo mexicano durante la Guerra Fría latinoamericana y los mecanismos mediante los cuales la cooperación en inteligencia fue partícipe de la normalización de la violencia estatal.

 

Bibliografía

Buchenau, Jürgen. “Por una guerra fría más templada: México entre el cambio revolucionario y la reacción estadounidense en Guatemala y Cuba.” Espejos de la Guerra Fría: México, América Central y el Caribe, editado por Daniela Spenser, CIESAS; Secretaría de Relaciones Exteriores; Editorial Porrúa.

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CIA Chief of Station Mexico City. “Monthly Operational Report for Project LIENVOY.” 8 de octubre 1963. National Security Archive, National Archives, JFK Assassination Records, Doc. ID: 104-10187-10030. George Washington University, https://nsarchive.gwu.edu/document/33039-document-4-cia-chief-station-mexico-city-monthly-operational-report-project-lienvoy.

Dorfman, Claire. “JFK Files Detail Close Intelligence Collaboration Between CIA and Mexico.” National Security Archive, 19 de mayo 2025, National Security Archive Briefing Book no. 893, George Washington University, https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/mexico/2025-05-19/jfk-files-detail-close-intelligence-collaboration-between-cia-and.

Morley, Jefferson. “LITEMPO: Los ojos de la CIA en Tlatelolco.” National Security Archive Electronic Briefing Book, no. 204, 18 de  octubre 2006, National Security Archive, The George Washington University, https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB204/index2.htm.

Pellicer de Brody, Olga. México y la Revolución cubana. El Colegio de México, 1972.

 

[1] Para mayor información véase Ovalle, Camilo Vicente. Instantes sin historia. La violencia política y de Estado en México. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2023.

[2] “Cuba: Castro’s Propaganda Apparatus and Foreign Policy.” Central Intelligence Agency, Dec. 1983. U.S. Government Publishing Office. CIA FOIA Electronic Reading Room, www.cia.gov/readingroom/docs/CUBA%20%20CASTROS%20PROPAGANDA%20%5B15976670%5D.pdf

[3] Ibid

[4] El entusiasmo suscitado por la Revolución cubana también se dio entre distintos sectores de la izquierda mexicana, el cual se tradujo en una intensificación de la actividad política en el país. Por un lado, se impulsaron campañas orientadas a popularizar una imagen favorable de Cuba en México y a incidir en la política exterior del gobierno mexicano hacia el régimen encabezado por Fidel Castro. Por otro, se buscó canalizar ese entusiasmo hacia la construcción de un movimiento político de alcance nacional, de carácter antiimperialista y orientado a la democratización del país: el Movimiento de Liberación Nacional (MLN). En este proceso, la experiencia cubana funcionó no solo como referente internacional, sino como horizonte de expectativas y repertorio simbólico para la rearticulación de proyectos de izquierda en el contexto mexicano de la Guerra fría latinoamericana. Olga Pellicer de Brody. México y la Revolución cubana. El Colegio de México, 1972, pp. 91–92.

[5] Jürgen Buchenau. “Por una guerra fría más templada: México entre el cambio revolucionario y la reacción estadounidense en Guatemala y Cuba.” En Espejos de la Guerra Fría: México, América Central y el Caribe, editado por Daniela Spenser, CIESAS; Secretaría de Relaciones Exteriores; Editorial Porrúa, pp. 139–141.

[6] Olga Pellicer de Brody. México y la Revolución cubana. El Colegio de México, 1972, pp. 91–92.

[7] “JFK Files Detail Close Intelligence Collaboration Between CIA and Mexico.” National Security Archive, edited by Claire Dorfman, 19 May 2025, George Washington University. National Security Archive Briefing Book no. 893, https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/mexico/2025-05-19/jfk-files-detail-close-intelligence-collaboration-between-cia-and

[8] CIA Chief of Station Mexico City. “Monthly Operational Report for Project LIENVOY.” National Security Archive, 8 Oct. 1963, National Archives, JFK Assassination Records, Doc. ID: 104-10187-10030. George Washington University, https://nsarchive.gwu.edu/document/33039-document-4-cia-chief-station-mexico-city-monthly-operational-report-project-lienvoy

[9] Ibid

[10] “LITEMPO: Los ojos de la CIA en Tlatelolco.” National Security Archive Electronic Briefing Book no. 204, posted 18 Oct. 2006, National Security Archive, The George Washington University, https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB204/index2.htm

[11] Para mayor información véase Jaime, Pensado, Rebel Mexico: Student Unrest and Authoritarian Political Culture during the Long Sixties. Stanford University Press, 2013..

[12] Morley, Jefferson. “LITEMPO: Los ojos de la CIA en Tlatelolco.” National Security Archive Electronic Briefing Book no. 204, 18 Oct. 2006, National Security Archive, The George Washington University, https://nsarchive2.gwu.edu/NSAEBB/NSAEBB204/index2.htm

[13] Ibid

CIA USA México

Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial mediante OpenAI (ChatGPT + DALL·E)

Josué Portillo Motte: Licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, maestro en Historia por la Universidad Autónoma Metropolitana y, actualmente, estudiante en el Doctorado en Historia Moderna y Contemporánea del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Sus líneas de investigación corresponden al estudio de los movimientos estudiantiles, las policías políticas y los servicios de inteligencia mexicanos durante la segunda mitad del siglo XX. Asimismo, integra el seminario “Conflictos Universitarios” del IISUE de la UNAM y co-coordina los seminarios de “Nueva historia política en América latina. Siglos XX y XXI” del Instituto Mora y el “Interinstitucional de Historia del Tiempo Presente” (INEHRM, Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Ibero, Dirección de Estudios Históricos y el Instituto Mora). Finalmente, se desempeñó como docente en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, institución en la que impartió la asignatura “Introducción a la Historia del Tiempo Presente”.

Correo electrónico: mottejosue@gmail.com

Entre la vigilancia regional y la seguridad interior: las operaciones LIENVOY y LITEMPO en el México de la Guerra Fría latinoamericana

Resumen: Este artículo examina las operaciones LIENVOY y LITEMPO, desarrolladas de manera conjunta entre el gobierno mexicano y la Central Intelligence Agency (CIA) durante la década de 1960. A partir de archivos desclasificados, cuestiona tanto la narrativa del excepcionalismo mexicano como la idea de una imposición unilateral de la inteligencia estadounidense en América Latina. Se argumenta que ambas iniciativas articularon vigilancia regional y seguridad interior mediante la intercepción de comunicaciones, el monitoreo de embajadas socialistas y la interlocución directa con las élites del régimen. Estas redes no solo produjeron información estratégica, sino que contribuyeron a moldear interpretaciones sobre la “amenaza externa”, legitimando prácticas de control político y represión, particularmente en un contextto bastante convulso del México de la década de los sesenta.

Palabras clave: Vigilancia; seguridad nacional; inteligencia; Guerra Fría latinoamericana

Abstrac: This article examines the LIENVOY and LITEMPO operations, which were developed jointly by the Mexican government and the Central Intelligence Agency (CIA) during the 1960s. Based on declassified archives, it challenges both the narrative of Mexican exceptionalism and the idea of a unilateral imposition of U.S. intelligence in Latin America. It is argued that both initiatives articulated regional surveillance and internal security through the interception of communications, the monitoring of socialist embassies, and direct dialogue with the regime’s elites. These networks not only produced strategic information but also helped shape interpretations of the “external threat,” legitimizing political control and repressive practices, particularly within the highly convulsed context of 1960s Mexico.

Keywords: Surveillance; national security; intelligence; Latin American Cold War

Cómo citar este artículo: Portillo Motte Josué. “Entre la vigilancia regional y la seguridad interior: las operaciones LIENVOY y LITEMPO en el México de la Guerra Fría latinoamericana”, Criba. Historia y Cultura, no. 12, abril-junio, 2026, pp. 64 – 75.

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