11 de mayo de 2026
La tercera ola de la democracia: una propuesta de análisis históricoLa tercera ola de la democracia: una propuesta de análisis histórico.
Por Ana Victoria Gaxiola Lazcano*
Introducción
El argumento principal del texto es que la tercera ola de la democracia no fue un fenómeno espontáneo ni un contagio natural de ideales democráticos entre naciones, sino que estuvo impulsada de manera decisiva por la política exterior estadounidense. Asimismo, se sostiene que esa promoción de la democrática fue, en el fondo, una herramienta estratégica en la Guerra Fría para contener el comunismo soviético. De igual manera, se considera que la manera en que esa promoción democrática se fue dando varió según el contexto de la Guerra Fría.
En la primera parte del texto se explica qué son las olas de la democracia y los principales factores que, según Samuel Hungtinton, explican la expansión de la tercera ola de la democracia. En la segunda sección del texto se narra brevemente el caso portugues, con el cual se considera inició la tercera ola de la democracia. El objetivo de mostrar el proceso de Portugal no es presentar un estudio de caso del argumento, sino aportar elementos para entender cómo y por qué la promoción de la democracia se convirtió en una herramienta del bloque occidental para frenar el avance del comunismo soviético. La tercera y última parte del texto explica la manera en que los derechos humanos y la democracia fueron incorporados a su política exterior como parte de la estrategia para combatir al comunismo en las administraciones de Jimmy Carter Ronald Reagan.
Finalmente, es importante aclarar que este texto no pretende en lo absoluto negar la relevancia de los movimientos democratizadores en los países en los que se extendió esa tercera ola, sino tratar de explicar esa expansión de la tercera ola de la democracia.
Las olas de la democracia
A grandes rasgos, una ola de la democracia hace referencia a un grupo de “transiciones de regímenes no democráticos a democráticos que ocurren en un periodo específico de tiempo” y que superan a los procesos inversos, es decir, el paso de regímenes democráticos a no democráticos, en el mismo lapso temporal (Huntington 13). El término fue popularizado por el politólogo estadounidense Samuel Huntington, para quien un sistema político podía ser considerado como democrático cuando “la mayoría de los que toman las decisiones colectivas del poder [son] seleccionados a través de elecciones limpias, honestas y periódicas, en las que los candidatos compiten libremente por los votos y en las que virtualmente toda la población adulta tiene derecho a votar” (Huntington 20).
A partir de esa caracterización de un régimen democrático, Huntington sostuvo que el mundo había experimentado tres olas de democracia desde las primeras décadas del siglo XIX hasta la última década del siglo XX. De acuerdo con él, la primera ola tuvo sus orígenes en los procesos revolucionarios de Estados Unidos y de Francia y comenzó a revertirse después de la Primera Guerra Mundial. En este punto, es importante aclarar que la democratización de un régimen puede ser reversible. Es decir, es posible que las condiciones que hacen a un régimen democrático se reviertan y deje de ser considerado como tal.
En el caso de la primera ola de la democracia, la desdemocratización de países que habían alcanzado estándares democráticos ocurrió en el periodo entre la Primera y Segunda Guerras Mundiales, cuando regímenes fascistas se consolidaron en el poder, tal como ocurrió en Italia y Alemania. No obstante, una vez derrotados dichos regímenes, en el contexto de la posguerra inició una segunda ola de democracia, la cual duró hasta la década de los años sesenta del siglo XX, cuando sobrevino un nuevo periodo de contracción democrática. A grandes rasgos, Huntington menciona que esta segunda ola fue promovida por la ocupación de los aliados en los países derrotados, como Alemania, Italia, Austria, Japón y Corea (Huntington). Aunque, cabe mencionar que esta tercera ola también alcanzó algunos de los territorios que atravesaron procesos de descolonización durante la posguerra, particularmente en Asia y África, como sucedió en la India. A diferencia de lo ocurrido en los territorios ocupados por los aliados, en las excolonias la implementación de regímenes democráticos no estuvo influenciada por la ocupación militar, sino que se dice que fue producto de la imitación.
Finalmente, la tercera ola de la democracia se prolongó por cerca de quince años, iniciando en el Sur de Europa. Posteriormente, avanzó hacia América Latina y Asia, para finalmente “diezmar las dictaduras del Bloque Soviético” (Huntington 30). De acuerdo con Huntington, fueron cinco los principales factores que contribuyeron a la expansión de la ola democrática en los países en los que tuvo lugar:1) problemas de legitimidad de los regímenes autoritarios, 2) crecimiento de las clases medias urbanas, 3) los cambios doctrinales y el activismo de la iglesia católica, 4) los cambios en las políticas de actores externos y 5) el efecto de bola de nieve.
Portugal: el fin de la dictadura y la “amenaza comunista”.
El evento con el que se considera que inició la Tercera Ola de la Democracia fue el golpe militar llevado a cabo en 1974 por el Movimiento de Fuerzas Armadas (MFA) en Portugal, con el cual se derrocó a una dictadura fascista que llevaba décadas en el poder. De acuerdo, con Samuel Huntington, el derrocamiento de dicho gobierno no implicó que en el país ibérico se fuera a instaurar una democracia. De hecho, en su famoso libro sobre la Tercera Ola de la Democracia, Huntington narra que en la época había el temor de que se instaurara otro gobierno autoritario, pero esta vez comunista. De acuerdo con él, Henry Kissinger, entonces secretario de Estado estadounidense, se reunió en septiembre de 1974 con Mario Soares, líder del partido socialdemócrata en Portugal, a quien le advirtió que, si no actuaban con mayor decisión, su país se encaminaba hacia una dictadura marxista-leninista (Huntington 4-5).
El temor de Kissinger sobre la posibilidad de la instauración en Portugal de un régimen marxista-leninista se fundamentaba en el protagonismo que adquirió después del golpe militar el Partido Comunista Portugués (PCP), el cual, a diferencia de otros partidos europeos de la época, continuaba alineado con la Unión Soviética. Esta influencia derivó del hecho de que el PCP era en el momento del derrocamiento de la dictadura la fuerza de oposición más fuerte que existía en el país ibérico. Desde los últimos años de la dictadura de Salazar y durante el gobierno de su sucesor, Marcello Caetano, el PCP pasó “de una posición de marginalidad a una de hegemonía en el interior de la clase obrera”. No sólo logró obtener el apoyo entre grupos de trabajadores como los estribadores, transportistas y obreros textiles, también consiguió una importante base de apoyo en Alentejo, la provincia portuguesa más grande, entre jornaleros agrícolas que trabajaban en las extensas propiedades de terratenientes (Gallagher 206-207).
Esa fuerza política les valió ser incorporados en el gobierno del general Antonio Ribeiro Spínola, miembro moderado del MFA, a través de la inclusión en su gabinete de dos influyentes miembros del PCP, Álvaro Cunhal y Avelino Gonçalves. Esta decisión fue recibida con alarma por los otros países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pero Spínola justificó su decisión argumentando que era menos peligroso tenerlos en el gobierno que como opositores (Gallagher 209). Asimismo, cabe señalar que los comunistas contaban con las simpatías de algunos miembros del MFA, los cuales comenzaron a tener fricciones con Spínola respecto a asuntos como la descolonización de los dominios portugueses en África.
En este punto, cabe recordar que fueron esas guerras coloniales las que condujeron a los miembros del MFA a dar el golpe al gobierno de Caetano. A grandes rasgos, las guerras en contra de los movimientos de liberación nacional africanos estaban teniendo un costo alto en diversos ámbitos. En términos económicos, el conflicto bélico estaba absorbiendo cerca del 40 por ciento del presupuesto gubernamental y más del 5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Asimismo, a ese costo económico se le sumó el costo humano, pues las tasas de bajas portuguesas iban en aumento, así como el descontento entre los oficiales subalternos (Westad 218-219). Ante este escenario, los militares agrupados en el MFA consideraban que lo mejor era buscar una salida política al conflicto y ponerle punto final al enfrentamiento armado. A pesar de que esa demanda aglutinó a los miembros del MFA, una vez que Spínola encabezó el gobierno tras la caída de la dictadura, comenzaron a emerger las diferencias que había entre ellos respecto a la manera en que se daría esa salida política. Por un lado, Spínola era partidario de un retiro paulatino de África, mientras que un sector de militares radicales del MFA se posicionaban por el retiro absoluto de Portugal de dichos territorios.
Asimismo, también tuvieron puntos de vista divergentes respecto al rumbo de la política interna. Por ejemplo, durante su gobierno Spínola, quien era cercano a las familias de industriales más importantes de Portugal, logró establecer una política industrial moderada y proteger los intereses del sector financiero. No obstante, el sector más radical dentro del ejército, junto con líderes sindicales comunistas, se opusieron a tales acciones, lo cual, terminó conduciendo a la renuncia de Spínola en septiembre de 1974 (Birmingham 189).
Spínola fue sucedido en el poder por el general procomunista Vasco Gonçalves, en cuyo mandato se llevó a cabo reparto agrario al sur de Portugal, así como la nacionalización de distintas industrias y servicios, desde la banca hasta la producción de fertilizantes, dejando en manos del gobierno cerca del 20 por ciento de la industria portuguesa (Birmingham 189-190). La creciente radicalización gubernamental comenzó a generar temor respecto al destino del país, tanto en el interior, como en el exterior.
El rechazo de la población portuguesa a la radicalización del gobierno de Gonçalves se manifestó en las urnas en las elecciones parlamentarias de 1974. Dicho proceso electoral, además de haber reportado un 91.7 por ciento de participación, favoreció a los socialistas de diversas denominaciones, sobre los comunistas y los conservadores católicos. Es decir, este proceso electoral dejó en claro que los portugueses no querían radicalismos de ningún tipo, pero que sí buscaban un cambio, aunque uno que se realizara por medios democráticos (Maxwell 113).
Finalmente, el gobierno de Gonçalves llegó a su fin con otro golpe de estado en noviembre de 1975, realizado por militares moderados que no estaban de acuerdo con el curso por el cual se estaba llevando a Portugal. A raíz de este evento, los socialistas se encumbraron en el poder, encabezados por Mario Soares quien fue primer ministro en dos ocasiones y, posteriormente, presidente de Portugal entre 1986 y 1996.
Respecto a las reacciones internacionales por la radicalización del gobierno de Gonçalves, cabe mencionar que generó preocupación tanto entre las derechas e izquierdas europeas, así como en Washington. Tal como se mencionó líneas atrás, el que Mario Soares haya incluido comunistas en su gabinete causó alarma en Estados Unidos, sobre todo, les preocupaba porque Portugal era un miembro de OTAN, con acceso a información militar de la alianza. También, porque Estados Unidos contaba con una base militar en las islas Azores y, si el PCP, cercano a la URSS, se consolidaba en el poder, se habría la posibilidad de que Moscú tuviera acceso a esas instalaciones militares ubicadas en el Atlántico Norte. No obstante, Frank Carlucci, entonces embajador de Estados Unidos en Portugal, sugirió que no se tomaran acciones directas para frenar el avance de los comunistas portugueses, pues consideraba que su “revolución se quemaría a sí misma” Además, la intervención directa de los Estados Unidos podría resultar contraproducente, pues podría haber fortalecido a los comunistas del país (Birmingham 193).
Adicionalmente, en el momento en que fue derrocada la dictadura de Portugal e iniciaron sus cambios políticos, la relación entre Estados Unidos y la Unión Soviética atravesaba por un periodo que es conocido como la détente. A grandes rasgos, ese término hace referencia a un momento de la Guerra Fría en el que las relaciones Este-Oeste se relajaron (Hanhimäki). A pesar de que las dos superpotencias nucleares continuaron siendo enemigas, tenían el interés mutuo de mantener abierta la relación diplomática, para evitar el estallido de una guerra (Schulzinger 375). En este punto es importante recordar que, en la década de los años sesenta la amenaza de una guerra nuclear se volvió un peligro muy real, sobre todo, con la crisis de los misiles de 1962. Aunada a la posibilidad de la mutua destrucción, otro factor que contribuyó a la distensión en las relaciones fue el alto costo económico que para ambos países estaba teniendo la guerra armamentística. De igual manera, otros elementos que contribuyeron a la détente fueron tanto la ruptura Sino-Soviética, como la Ostpolitik, impulsada por el canciller alemán Willy Brandt, la cual, en esencia, consistió en el acercamiento alemán con el bloque oriental.
Es decir, una intervención directa de los estadounidenses para evitar el avance del comunismo en Portugal podría haber quebrantado esa distensión en las relaciones. Sin embargo, esto no quiere decir que Estados Unidos y otros países occidentales, como Alemania del Oeste, no hayan intervenido en el cauce que tomó el desarrollo político del país ibérico. Sí lo hicieron, pero de maneras más sutiles, como cuando en octubre de 1975 se le concedió un préstamo a Portugal, dejando en claro que la ayuda económica era una forma de brindar apoyo político a los socialistas moderados que entonces encabezaban tanto el gobierno como el MFA (Maxwell 152-153),
La razón por la que los países occidentales apoyaban a los socialistas es porque el Partido Socialista (PS) se encontraban a favor de “una democracia pluralista al estilo de Europa occidental, en oposición a la democracia popular al estilo de Europa del Este” defendida por el Partido Comunista Portugues (Opello 86). Por lo tanto, respaldar al PS era una manera de evitar el avance del comunismo en Portugal y mantener a dicho país en el ámbito de influencia estadounidense. Aunque, tal como se señaló anteriormente, esa ayuda fue brindada de manera velada e inclusive, indirecta, como cuando los Estados Unidos canalizaron recursos económicos al PS y otros partidos moderados por medio de los socialistas de Europa Occidental y de los socialdemócratas (Oppello 88).
Es importante mencionar que Walter C. Oppello en un capítulo de libro sobre el impacto del contexto internacional en la transición política de Portugal menciona que la Unión Soviética también trató de influir en su desarrollo. Sin embargo, a diferencia de los Estados Unidos, su intervención se limitó a brindar recursos económicos al PCP, pero les dejó en claro a sus dirigentes que ese era todo el apoyo que recibirían. De acuerdo con Oppello, los dirigentes soviéticos consideraron que involucrarse de lleno en la situación portuguesa podría resultarles muy oneroso. Por un lado, su participación podría significar el fin de la distención de la relación con los Estados Unidos, cuyos riesgos ya fueron señalados. Por otro lado, apoyar el fortalecimiento y posible encumbramiento de los comunistas portugueses en el poder, podría resultar costoso a las arcas soviéticas, pues Portugal podría convertirse en otra Cuba y requerir constante asistencia económica de la URSS (Opello 89).
Tal como se mostró en esta sección, la instauración de una democracia liberal después del golpe de estado de 1974 en Portugal no fue algo inmediato. Su establecimiento fue el resultado de un proceso en el que tanto fuerzas internas como externas influyeron para el encumbramiento de los socialistas en el poder. Tomar esto en cuenta para pensar la tercera ola de la democracia desde una perspectiva histórica es relevante porque lleva a que nos cuestionemos si en otros países pasó algo similar. Sobre todo, si en otros casos los factores externos fueron igual de relevantes como sucedió en Portugal.
En este sentido, resulta pertinente regresar a Huntington y su análisis sobre la Tercera Ola de la Democracia, en tanto que el politólogo estadounidense sostiene que fueron cinco las variables que principalmente contribuyeron a que sucediera la Tercera Ola de la Democracia. En primer lugar, menciona a los problemas de legitimidad de los sistemas autoritarios. En segundo lugar, en lista a la expansión de las clases medias en distintos países. En tercer lugar, se encuentran los cambios en la iglesia católica, particularmente en términos doctrinarios y de su activismo político. En cuarto lugar, resalta los cambios políticos en actores internacionales como la Unión Europea, la cual buscaba extender su membresía, los Estados Unidos, país que promovió los derechos humanos y la democracia en otros países desde los años setenta, y, finalmente, la transformación política experimentada por la Unión Soviética a partir del gobierno de Gorbachev. Por último, como quinta variable, Huntington considera el efecto bola de nieve, con el cual hace referencia a la manera en que la democratización se fue transmitiendo de un país a otro y de una región a otra en una especie de imitación.
De entre estos factores, al que mayor peso atribuye es a las influencias internacionales derivados de los cambios políticos en los actores antes mencionados. Según Huntington, éstas, tuvieron la capacidad de llevar por el sendero de la democracia liberal a países que todavía no contaban con las condiciones estructurales para su desarrollo, así como también pudieron frenar el desarrollo democrático en países que sí habían alcanzado el nivel de desarrollo necesario para el florecimiento democrático (Huntington 87). Es decir, los factores internacionales parecieron haber tenido un peso importante en la Tercera Ola de la Democracia.
Estados Unidos, derechos humanos y democracia.
Si bien Huntington engloba dentro de esos factores internacionales a distintos actores, no todos tuvieron el mismo peso a nivel global. Por ejemplo, que la Unión Europea estuviera buscando ampliar su membresía no fue precisamente determinante en los procesos de democratización en América Latina o Asia, como sí lo fue en el caso de países como España, Portugal y Grecia. No obstante, uno de esos actores y su política en materia internacional sí parece haber tenido un impacto en todo el mundo. Ese actor fueron los Estados Unidos, cuyo gobierno comenzó a promover los derechos humanos y la democracia en la década de los setenta a nivel mundial, convirtiéndolos en una herramienta estratégica clave en el triunfo estadounidense en la Guerra Fría. Transformación necesaria para navegar el conflicto bipolar. Tanto la détente como el desgaste de la doctrina obligaron a buscar nuevas formas de imponer su dominio y ganar la guerra.
Las razones por las cuales los Estados Unidos se convirtieron en promotores de la democracia y los derechos humanos en las últimas tres décadas del siglo XX no sólo tuvieron que ver con los acontecimientos a nivel global. Ese giro en su política internacional también estuvo estrechamente vinculado a su política doméstica. El presidente que se encargó de poner en el centro de la agenda internacional los derechos humanos fue el demócrata Jimmy Carter, en un intento de revitalizar la moralidad política estadounidense, la cual, se había visto dañada como consecuencia del escándalo de Watergate, el final de la Guerra de Vietnam y por las investigaciones realizadas por el Congreso de Estados Unidos, las cuales revelaron una política internacional antidemocrática, violenta e ilegal (Keys 2014). Todos esos excesos cometidos en el marco de una doctrina de seguridad nacional desarrollada como estrategia en la Guerra Fría, la cual ponía la seguridad de la nación frente a la amenaza soviética ante cualquier derecho de la ciudadanía o de la soberanía de las naciones del mundo.
Tales investigaciones se llevaron a cabo durante la presidencia de Gerald Ford, en 1975, año que fue conocido como el “Año de la Inteligencia”, porque durante éste se realizaron una serie de investigaciones a distintos organismos de inteligencia norteamericanos, como el FBI y la CIA. El evento que las catalizó fue el trabajo del periodista Seymour Hersh, quien en las páginas del New York Times acusó a la CIA de haber realizado labores de espionaje en contra de ciudadanos norteamericanos. En el reportaje publicado en la primera plana del periódico el 22 de diciembre de 1974 se afirmaba que, por más de una década, dicha agencia de inteligencia había realizado operaciones policiales internas, a pesar de que eso estaba prohibido según la Ley de Seguridad Nacional de 1947 (Townley 25).
En respuesta ante tales revelaciones, tanto el poder ejecutivo como el legislativo, iniciaron una serie de investigaciones a los órganos de inteligencia norteamericanos, las cuales fueron realizadas órganos especiales, como la Comisión Rockefeller, el Comité Pike y el Comité Church. La primera fue conformada por Gerald Ford, entonces presidente, con el objetivo de indagar y dar respuesta a las acusaciones realizadas por Hersh en su reportaje. En el curso de su labor, la Comisión encontró que las agencias de inteligencia habían sobreexcedido sus facultades e incurrido en acciones ilegales con conocimiento de causa. Un ejemplo de esto fue el Programa de Intercepción de Correo, el cual fue llevado a cabo de manera conjunta entre el FBI y la CIA, y consistía en la intercepción de correo que circulaba entre Estados Unidos y países comunistas. No obstante, el hallazgo que mayor escándalo ocasionó entre la población fue la prueba de drogas psicotrópicas en ciudadanos estadounidenses sin su consentimiento entre 1953 y 1963 (Townley 49-52).
Por su parte, el Comité Pike se enfocó en los aspectos operativos y estructurales de la Comunidad de Inteligencia, como su efectividad y costo, así como su relación con los poderes ejecutivo y legislativo. En términos presupuestales, encontró una serie de opacidades, como que se gastaba de tres a cuatro veces más en inteligencia internacional de lo que se había reportado al Congreso, que sus partidas presupuestarias no eran claras y que no había mecanismos eficientes de auditoría. Respecto a su desempeño, el Comité enfrentó obstáculos para acceder a documentación que permitiera su evaluación. No obstante, esto no les impidió que expresaran su postura crítica ante la inhabilidad de los servicios de inteligencia estadounidenses para anticipar eventos a nivel mundial como la Guerra de Yom Kippur (1973), los golpes en Chipre y Portugal (1974) o la invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética (Haines 9 y 12).
Finalmente, el Comité Church fue establecido por la Cámara de Senadores. Este Comité, a diferencia de la Comisión Rockefeller, no sólo realizó investigaciones relacionadas con asuntos de inteligencia doméstica. Su trabajo también incluyó actividades a nivel internacional. Uno de los hallazgos más relevantes al respecto fue el descubrimiento de una serie de complots diseñados para asesinar líderes extranjeros como Patricio Lubumba o Fidel Castro. Este descubrimiento generó diversas reacciones entre los miembros del comité, quienes se debatieron entre hacer pública o no esta información. Estaban conscientes del impacto negativo que esto podría tener en la relación entre la ciudadanía estadounidense y el gobierno. No obstante, había miembros del comité que consideraban que era importante darla a conocer como una forma de expiar la culpa. Hacerla pública implicaba reconocer lo que se había hecho mal e identificar en qué aspectos el actuar de los servicios de inteligencia se habían desviado de los valores que representaban a los Estados Unidos, lo que les permitiría rectificar el camino (Schwarz 287-289).
Otra de las revelaciones más importantes de la investigación del Comité Church fue la participación del gobierno estadounidense en el golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende, cuyo ascenso al poder habían tratado de impedir. Al no haber conseguido ese objetivo, la administración de Richard Nixon desarrolló una estrategia para desestabilizar al gobierno de Allende, la cual incluyó tanto acciones económicas, como políticas y de ayuda militar. En el plano económico se aisló y ahorcó a la economía chilena, retirándole cualquier ayuda económica, así como bloqueando su acceso a préstamos. Respecto a las acciones políticas, se implementaron una serie de acciones encubiertas destinadas a fortalecer a la oposición y debilitar la gobernabilidad de Allende y su equipo. Finalmente, las investigaciones, dieron a conocer que, se invirtieron millones de dólares entre 1970 y 1973 por concepto de ayuda militar, con el fin de estrechar las relaciones con el ejército chileno (Walker 113).
Tal como se puede observar, los resultados de las investigaciones pintaban una imagen sombría de los servicios de inteligencia. Sus acciones eran opacas y no se apegaban a la ley. Asimismo, parecía que esos órganos de inteligencia tenían carta blanca para actuar, pues no se veían forzados a rendirle cuentas a nadie y tenían la capacidad de vulnerar los derechos de los ciudadanos estadounidenses, así como los del mundo. Estos hechos, junto con el escándalo de Watergate y el final de la guerra de Vietnam, ponían en tela de juicio a la democracia americana en su propio territorio, pues caracterizaban a un régimen cuyo poder parecía no tener límites y que no rendía cuentas a sus ciudadanos, lo cual se alejaba de los principios democráticos que se supone sostenía.
Adicionalmente, este tipo de acciones encubiertas habían dañado la reputación y calidad moral de Estados Unidos como paladín mundial de la democracia. Ante este escenario, el gobierno estadounidense se vio forzado a tomar medidas para ejercer un mayor control sobre el actuar de los servicios de inteligencia en el exterior, así como realizar modificaciones en su política internacional. Tal como se mencionó anteriormente, Jimmy Carter, electo como presidente en 1977, fue el encargado de dar ese viraje a la política internacional estadounidense.
Este giro en la política exterior estadounidense fue anunciado por Carter desde su campaña presidencial. Por ejemplo, en un discurso de septiembre de 1976, Carter enfatizó que los derechos humanos, como la libertad religiosa y la libertad de expresión, eran principios fundamentales de la democracia estadounidense. Asimismo, afirmó que esos valores habían sido los que habían hecho grande a los Estados Unidos y que estos continuaban siendo su mayor fuente de fortaleza porque eran aquello que los distinguían de las “otras grandes naciones del mundo”, pero que en años recientes había existido una brecha entre los valores que predicaban y las políticas que practicaban, pues los líderes en el poder habían antepuesto el interés propio a los principios, dejando poco espacio para la moralidad en la política exterior.[1]
Ante esta situación, Carter proponía traer al centro de esa política exterior la defensa de los derechos humanos como el eje principal que definiría la relación de Estados Unidos con otros países del mundo. Es importante mencionar, que ese principio no distinguiría ideologías políticas. Es decir, no importaba si el país era comunista o anticomunista, la manera en que ese gobierno tratara a sus ciudadanos era lo que delimitaría el vínculo que se establecería con Estados Unidos. No obstante, a diferencia de administraciones pasadas, la política exterior que Carter proponía estaría basada en el principio de la libre determinación, con lo que trataba de dejar en claro que no harían uso de la fuerza para intervenir en los asuntos domésticos de otros países, pero, eso no quería decir que dejarían de proteger sus intereses y creencias en otras naciones. Una vez en el poder, Carter reafirmó en su discurso inaugural su postura en favor de los derechos humanos, dejando en claro que habría una preferencia de su gobierno por aquellas sociedades que compartieran con ellos “un respeto permanente por los derechos humanos individuales”.[2]
Al inicio de su administración, Carter dirigió sus esfuerzos en pro de los derechos humanos hacia el bloque soviético. No obstante, estas acciones generaron problemas diplomáticos con la Unión Soviética en una época en que la détente continuaba vigente, por lo que Carter tuvo que encaminar su empeño hacia otro lado, convirtiéndo las dictaduras de América Latina en el nuevo foco de atención (Moyn 58). Este nuevo enfoque implicó que el gobierno estadounidense comenzó a criticar a regímenes que poco antes habían sido considerados sus aliados contra el comunismo y que, inclusive, había ayudado a llegar al poder, como ocurrió con la dictadura militar de Pinochet.
De acuerdo con Lars Schoultz, ese distanciamiento de los gobiernos dictatoriales y la defensa de los derechos humanos en la región durante los años setenta básicamente obedeció a la defensa de los valores liberales y capitalistas estadounidenses. Las dictaduras militares de América Latina habían cumplido en su momento su función de proteger dichos intereses. No obstante, a finales de los años setenta su permanencia en el poder parecía ser perjudicial para los Estados Unidos, en tanto que su carácter represivo estaba frenando inminentes cambios económicos y sociales. Asimismo, la represión indiscriminada que los distinguía estaba afectando a grupos que genuinamente buscaban defender el bienestar de la población lo que estaba generando condiciones de radicalización política que podrían llevar al poder, por las urnas o por las armas, a grupos con valores opuestos a los estadounidenses.
Esta postura, condujo a que la administración de Carter ejerciera presión a las dictaduras de América Latina para que hubiera un mayor respeto y observancia de los derechos humanos en sus respectivos países, por lo que se les encomió a comenzar a relajar la opresión con la que mantenían controlada la actividad política de la región. Tal como era de esperarse, los gobiernos autoritarios recibieron con resistencia esa invitación, por lo que hubo que emplear medidas persuasivas que no pudieran ser fácilmente interpretadas como intervencionismo a la vieja usanza. Por ejemplo, se comenzaron a utilizar medidas de presión económica para conseguir el avance en materia de derechos humanos que el gobierno estadounidense buscaba, tal como sucedió en Argentina 1978. En ese año, la Junta Militar se vio obligada a permitir que un grupo de trabajo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos fuera a investigar la situación en Argentina a cambio de recibir un préstamo para el desarrollo de una presa. La dictadura argentina recibió a regañadientes al equipo de la Comisión Interamericana e inclusive lanzó una campaña publicitaria para desprestigiarla. A pesar de los obstáculos que enfrentaron, los miembros de la Comisión lograron publicar un reporte detallado que daba cuenta de las diversas y graves violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por la dictadura militar.
Su publicación generó preocupación entre miembros de la Junta Militar porque temían ser objeto de escrutinio en la reunión de la Organización de Estados Americanos, próxima a celebrarse. Sin embargo, otros eventos a nivel internacional, como el triunfo electoral de Ronald Reagan y la invasión soviética a Afganistán, la cual marcó el fin de la détente, distrajeron la atención a las graves denuncias contenidas en el informe y anunciaron cambios en términos del papel que en el futuro tendrían los derechos humanos en la política internacional.
Desde su campaña presidencial, Reagan criticó de manera general la política internacional de Carter, señalándola de débil e indecisa, lo cual había llevado a cuestionar la posición de liderazgo de Estados Unidos a nivel mundial y a permitir el avance soviético, tal como demostró la ocupación de Afganistán. Sobre los derechos humanos en concreto, Reagan criticó la primacía retórica que se les habían otorgado y que se hubieran utilizado para atacar a países aliados contra el comunismo, lo que resultó, en los casos de Irán y Nicaragua, en el derrocamiento del Sha y de Somoza, respectivamente.
En el primer año de su gobierno, Reagan trató de dejar atrás a los derechos humanos. No obstante, las presiones internas, principalmente, la ejercida por el Congreso, lo obligaron a reincorporarlos a la política externa de su gobierno. Pero, a diferencia de lo ocurrido en la administración de Carter, en esta ocasión, los derechos humanos fueron integrados como parte de la estrategia contra el comunismo, uno de cuyos pilares fue la promoción de una democracia basada en derechos políticos y civiles. De esta manera, a partir de la presidencia de Reagan, los derechos humanos fueron reducidos a los derechos políticos y civiles y se creó una dupla “inseparable” entre democracia y derechos humanos (Hartmann 423-427).
En términos de la tercera ola de la democracia, esta asociación fue esencial para la expansión de la democracia a nivel global porque le brindó a los esfuerzos prodemocráticos de Estados Unidos y sus aliados una legitimidad que disfrazaba el anticomunismo que en el fondo los inspiraba. Asimismo, es importante resaltar que la democracia fue parte de la estrategia en contra del comunismo, pero no la única empleada. Si lo consideraban necesario, en lugar de promover la democracia y sus valores, hacían uso directo o indirecto de la intervención militar, como ocurrió en los países centroamericanos en los años ochenta.
Consideraciones finales
A lo largo de este texto se ha argumentado que la tercera ola de la democracia no puede entenderse únicamente como el resultado de dinámicas internas de los países que experimentaron procesos de democratización, ni como el producto espontáneo del avance de los ideales democráticos en el mundo. El caso de Portugal ilustra con claridad que los factores externos desempeñaron un papel determinante en el desenlace de su transición política: sin el respaldo económico y político de los países occidentales hacia los socialistas moderados, el resultado podría haber sido radicalmente distinto.
Asimismo, el análisis de la política exterior estadounidense en las administraciones de Jimmy Carter y Ronald Reagan revela que la promoción de la democracia y los derechos humanos no fue un proyecto altruista, sino una herramienta estratégica al servicio de los intereses geopolíticos de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría. Mientras Carter buscó rehabilitar la imagen moral de su país tras los escándalos de Watergate, Vietnam y las revelaciones sobre los abusos de los servicios de inteligencia, Reagan fue más explícito al vincular la democracia con la lucha anticomunista, reduciéndola esencialmente a sus dimensiones políticas y civiles e instrumentalizándola como componente central de su estrategia contra la Unión Soviética.
Todo ello invita a reflexionar críticamente sobre las interpretaciones que presentan la expansión de la democracia como un proceso lineal impulsado por condiciones estructurales o por la atracción natural de los ideales democráticos. Sin negar la importancia de los movimientos democratizadores internos ni el genuino anhelo de libertad de las poblaciones involucradas, este texto sugiere que comprender la tercera ola de la democracia exige prestar atención a la trama de intereses geopolíticos, presiones económicas e intervenciones externas que moldearon su curso.
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Imagen: Celeste Caeiro en la Revolución de los Claveles, Lisboa, Portugal, 25 de abril de 1974. Fuente: Sérgio Guimarães. Tratamiento: Colorización selectiva y retoque digital realizado mediante inteligencia artificial (Gemini), manteniendo la fidelidad de la composición histórica, 2026.
* Ana Victoria Gaxiola Lazcano: Licenciada en Historia con doctorado en Sociología por la Universidad de Edimburgo. Actualmente realizando una estancia posdoctoral en el Centro de Estudios Históricos del Colegio de México. Sus intereses de investigación se enfocan en la democracia, partidos políticos y movimientos sociales, particularmente de la izquierda mexicana.
Correo de contacto: ana.gaxiola@colmex.mx
Resumen: En el presente artículo que la expansión de la democracia en la tercera ola fue utilizada como una herramienta estratégica por los Estados Unidos para contener el avance del comunismo soviético durante la Guerra Fría. Mediante el análisis del caso portugués y las políticas de las administraciones de Carter y Reagan, se demuestra que la promoción de la democracia y los derechos humanos respondió a intereses geopolíticos. Carter buscó rehabilitar la imagen moral de su país tras los escándalos de Watergate, Vietnam y los abusos de inteligencia; Reagan, en cambio, vinculó la democracia directamente con la lucha anticomunista.
Palabras clave: Democracia; derechos humanos; Guerra Fría; tercera ola
The third wave of democracy: a proposal for historical analysis
Abstract: This article argues that the expansion of democracy during the third wave was used as a strategic tool by the United States to contain the advance of Soviet communism during the Cold War. Through an analysis of the Portuguese case and the policies of the Carter and Reagan administrations, it demonstrates that the promotion of democracy and human rights responded to geopolitical interests. Carter sought to rehabilitate his country’s moral image after the Watergate scandal, the Vietnam War, and intelligence abuses; Reagan, on the other hand, directly linked democracy to the fight against communism.
Keywords: Democracy; human rights; Cold War; Third Wave
Cómo citar este artículo: Gaxiola Lazcano, Ana Victoria. “La tercera ola de la democracia: una propuesta de análisis histórico” Criba. Historia y Cultura, no. 12, abril-junio, 2026, pp. 49 – 63.
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