30 de julio de 2026
México, país petrolero, 1973-2006. De la soberanía a la crisis permanenteMéxico, país petrolero, 1973-2006. De la soberanía a la crisis permanente.
Por Rodolfo Uribe Iniesta*
Contra lo que dicen los economistas oficiales y lo que se propaga en la prensa, la radio y la televisión, la producción de petróleo por arriba de nuestras necesidades de consumo no produce riqueza.
Heberto Castillo, 1977.
A partir de la consideración del petróleo como elemento central del desarrollo industrial a finales del siglo XIX, las compañías inglesas y estadounidenses que se convertirían en las grandes trasnacionales que controlarían el siglo XX, establecieron sus intereses en México. Durante la revolución mexicana explotaron los mayores recursos mundiales conocidos entonces en la Huasteca veracruzana. De tal modo, se puede decir que la Primera Guerra Mundial se peleó del lado inglés con petróleo mexicano (López Portillo y Weber, 1975); y que el impacto de sobreexplotación entonces y la etapa que le seguiría terminada la guerra sería tan fuerte que se generó una transformación territorial regional tan profunda, que, como explica Myrna Santiago (2006), se produjo una ecología tan particular en la región que puede caracterizarse como “ecología del petróleo”.
La explotación petrolera era tan importante, que la actualización del principio de propiedad nacional de las tierras y el subsuelo en la Constitución de 1917 fue una de las mayores causas de los reclamos internacionales contra los nuevos regímenes de la Revolución —que unieron a la iglesia católica (Guerra Cristera), los Estados Unidos (Tratados de Bucareli) e Inglaterra en sus reclamaciones por la pérdida de latifundios y de la propiedad absoluta de los campos petroleros. Desde entonces, para México, el gobierno y la población, la cuestión petrolera quedó indisolublemente ligada a la cuestión de la soberanía nacional. La mentalidad fortalecida por la expropiación petrolera de 1938 y el convencimiento de que la propiedad colectiva de la empresa estatal monopólica PEMEX y su papel en el mantenimiento de precios subsidiados para los combustibles apoyó el proceso de industrialización vía sustitución de importaciones y la urbanización del país, con tasas de crecimiento cercanas al 8% anual entre 1940 y 1970. La propiedad estatal del petróleo y su control y distribución se identificó como el elemento central del llamado “milagro mexicano” (Hansen, 1989).
Justamente, ya en esos tiempos la cuestión petrolera se convertiría en un rubro central de los intereses imperiales y geopolíticos. López Portillo y Weber (1975) señalaron la importancia de que el acceso al petróleo mexicano le daría ventaja a Inglaterra contra Alemania. La carencia de petróleo sería uno de los factores que impulsaría a Japón a su expansión sobre el sudeste asiático para romper su dependencia del petróleo de Estados Unidos. Por ello, Japón intentó destruir la flota americana en el Pacífico: para ganar el tiempo necesario para adueñarse de los campos de Indonesia y Malasia, entonces en manos de Holanda e Inglaterra. Asimismo, la irracional guerra fratricida de El Chaco (1932-1935) en Sudamérica se debió a la competencia de dos empresas (Royal Dutch Shell y Standard Oil) para realizar exploraciones en esa región.
La cuestión geopolítica se libró entonces por la apropiación y uso del combustible extraído del subsuelo, pero explotado siempre bajo las reglas del mercado de venta rápida, para no gastar en almacenamiento y aprovechar los precios altos del momento. La explotación se ejerció siempre como un acto de ocupación colonial veloz y destructivo —incluso al interior de los propios países imperiales como ocurrió en Los Angeles (la zona que hoy se conoce como Beverly Hills, Upton Sinclair, 2008 publicada en 1927) o en Tulsa (ver película Tulsa de 1949). El petróleo se consideró siempre “por naturaleza” una industria extractiva, antes que David Harvey (2009) caracterizara como “extractivismo” al sistema capitalista neoliberal que, según Bauman (2017), “no paga el costo de reproducción social” que le toca, y que, según enseñaba en aula Sergio de la Peña, no es más que un regreso a los métodos de acumulación primitiva de capital.
Como demuestra Anna Zalik (2006), al comparar la historia de los procesos de explotación petrolera en México por la empresa nacional PEMEX y los de la empresa Shell en Nigeria en sus resultados ecológicos, económicos y sociales a largo plazo, México rompió el paradigma del esquema de explotación a través de auges o booms destructivos de pocos años, por medio de la expropiación petrolera. Esto gracias a usar su empresa estatal monopólica, tanto como proveedora de combustible subsidiado para la industrialización y la urbanización propia, como a través de su población ocupada, organización familiar y sistema sindical —con todo y sus fuertes contradicciones y conflictos—. Esto dio origen a nuevas formas sociales e, incluso, nuevas ciudades (Ébano, Poza Rica, Nuevo PEMEX, Aguadulce, etc.) o la reconfiguración de ciudades existentes como Tampico, Minatitlán, Comalcalco y Ciudad del Carmen, con un modelo de actividad permanente. Cuando Irán intentó un modelo semejante en 1953, sufrió un golpe de estado de parte de Estados Unidos e Inglaterra. En Nigeria, en cambio, las zonas petroleras viven bajo una guerra permanente de ocupación, destrucción ambiental y genocidio por parte de empresas como Schell.
Punto de Quiebre
La producción de petróleo crudo en México pasó de 411 millones de barriles anuales, en 1970, a 798 millones, en 1976, para alcanzar un máximo histórico, en 2006, de 3 mil 413 millones anuales (en 2023 fue de 1 mil 667 millones) (CONAHCYT, 2023).
Las exportaciones de petróleo de México pasaron de cero en 1970 a 10% del total de la producción petrolera en 1977 y al 75% de la producción de aceite en 1981. En valor, dichas exportaciones pasaron de cero en 1970 a 34, 707.1 millones de dólares en 2006. En miles de barriles de petróleo crudo, la exportación pasó también de cero en 1970 a 654 366 miles de barriles de crudo en 2006 (INEGI, 2009).
En la llamada renta del petróleo (diferencia entre el valor de la producción de crudo en precios mundiales y el total en los costos de producción), pasó de 0.2% en 1970 a 11.7% en 1983 (Banco Mundial, 2011) aunque, entre 1970 y 2021, su promedio total fue de 4.2% frente a un 2.69% mundial (Id.). El ingreso generado por el petróleo aumentó de 5 a 29% entre 1976 y 1979 (Scherr, 1985, 13).
Normalmente, los grandes cambios en los procesos de producción petrolera se explican como resultado de un mero cambio cuantitativo, derivado del descubrimiento de nuevos yacimientos, de la incorporación de nuevas tecnologías que hacen rentables otros yacimientos y por los fenómenos que afectan los precios del mismo. Así ocurre en el caso de México, donde se acostumbra a explicar el cambio cualitativo que tuvo la economía mexicana y ver hasta qué punto la sociedad y la cultura mexicana, con el llamado auge petrolero, iniciado en 1973 y que duró hasta 2006 cuando el país produjo más petróleo, se convirtió básicamente en un país exportador del mismo. En algunos casos, se llega a mencionar que el boicot petrolero de los países árabes, el alza de precios que produjo y el aumento de demanda por el mismo Estados Unidos, provocó la urgencia para buscar, explotar y vender el petróleo, funcionando bajo la famosa premisa de Jorge Díaz Serrano de que el petróleo era como la fruta, si no se vendía, se pudría (Castillo, 1999).
En realidad, el punto clave que explica la experiencia de México como país primordialmente petrolero, se debió a dos factores, dos cambios radicales financieros. Primero, el rompimiento de la paridad dólar-oro, en 1971, que acabó con el sistema financiero internacional establecido en Bretton Woods tras la Segunda Guerra Mundial. Y, luego, del boicot petrolero árabe tras la Guerra del Yom Kippur, en Israel, el arreglo de Estados Unidos con los países árabes petroleros de que sólo se comercializaría petróleo en dólares y que lo que se les pagara se reinvirtiera en las bolsas e inversiones de los propios Estados Unidos, pasando a tomar el lugar del oro en la sustentación del valor del dólar: lo que desde entonces conocemos y ha funcionado como el petrodólar. En esta perspectiva, se puede explicar que las invasiones y destrucciones de naciones (generación de “Estados fallidos”) como Irak, Libia y ahora Venezuela e Irán, han estado más relacionadas con sus posibilidades de desconectarse de la dependencia de las deudas externas directamente con los Estados Unidos o las agencias internacionales como el Fondo Monetario y el Banco Mundial en dólares, que directamente con sus reservas de petróleo. Como dice John Perkins (2005, 302) “el imperio global depende, en gran medida, de que el dólar siga funcionando como la moneda de referencia mundial”.
Un segundo factor fundamental, que fue valientemente denunciado y combatido desde esos mismos años por Heberto Castillo, fue que la prisa por actuar bajo las reglas de un boom petrolero para aprovechar los altos precios del momento, llevaron en realidad a generar un megaendeudamiento para poder financiar con velocidad la exploración, producción y exportación (construcción de ductos, canales, caminos, importación de maquinaria, compra de barcos, etc.) que no sólo ha mantenido quebrada a la empresa hasta la fecha, sino que además, junto con las políticas neoliberales, particularmente el rescate de bancos y empresas deudoras (como el FOBAPROA), han mantenido, como decía Fox (cuando justificaba no poder tener presupuesto para salud y educación), quebrado al país, justificando el incremento, por ejemplo, del impuesto al valor agregado que se paga universalmente. En este rubro, Perkins (2005) explica que la política imperial de imponer proyectos de infraestructura y otras iniciativas semejantes, aparentemente razonables, son parte del “desarrollo”, como una estrategia que tenía el objetivo principal de incrementar la deuda externa para controlar a los países del tercer mundo. Como fruto de esta política, los países más ricos que en 1960 tenían 30 veces más ingresos que los países pobres, pasaron a tener 74 veces más en 1995 (Perkins, 15). Este es un esquema donde, en realidad, la mayor parte del dinero nunca sale de Estados Unidos porque sólo se transfiere de los bancos a las corporaciones de construcción o tecnología, y además, se genera ganancia extra con los intereses dinámicos del préstamo. (Id, 22.).
Y no parte menor, es la enorme corrupción que —hecho normal en todos los países petroleros y fomentada por la misma estrategia mencionada— acompañó al proceso y generó toda una clase social que se subsidió como empresarios y clase política, empresarial y hasta intelectual y académica con los ingresos de PEMEX. Este proceso se justificó con la generación de una cantidad de instituciones “reguladoras” o “supervisoras” y la “profesionalización” del servicio público y las instituciones políticas, que mantuvieron un gasto y déficit público elevado, a pesar de los procesos de desincorporación y privatización de las empresas estatales con los que supuestamente se eliminarían. Dado su funcionamiento, desnudado en parte por la reacción tras su remoción del poder político (que no del económico), con el triunfo electoral de MORENA, podemos incluso describirla como lo que Antonio Gramsci llamó un “Bloque Histórico”: todos los sectores de clases que forman un entramado de intereses comunes y luego ideológicos que ostentan en conjunto una posición hegemónica (Portelli, 1973, 71).
En el período estudiado, con el boom y sobre todo las decisiones del director de PEMEX, Díaz Serrano, socio de George Bush en compañías de perforación, ante la “necesidad” definida por el mismo de incrementar la extracción y la exportación lo más pronto posible, se generalizó y amplió el sistema de contratismo de empresas privadas para hacer las operaciones técnicas, tal como lo permitía la ley. Luego con Zedillo se instrumentaron los PIDIREGAS (deuda prorrogada) que, prácticamente, hipotecaron toda actividad. En tiempos de Fox y Muñoz Leos (entonces director de PEMEX), las actividades de planeación, donde se tenía toda la información estratégica (luego de cesar al personal activo), se le concesionaron a las trasnacionales Bechtel y Halliburton y se crearon los Contratos de Servicios Múltiples donde los privados pasaban a asociarse con la empresa. Es decir, de manera legal, PEMEX, en realidad, pasó progresivamente de ser empresa productora a ser mera contralora de las actividades privadas, transfiriendo el dinero de los enormes préstamos que recibía directamente a los empresarios y corporaciones privadas nacionales y extranjeras, que eran quienes realmente tenían ganancias —pagadas por el propio PEMEX— por el negocio petrolero, mientras PEMEX tenía que endeudarse también para pagar en el fisco el porcentaje que por adelantado se le señalaba cada año sin importar los resultados reales de producción y ventas (Shields, 2003). A pesar del proceso de privatización iniciado por Salinas de Gortari con la división de PEMEX en 4 empresas diferentes, que se vendían entre sí los productos de cada proceso a precios del mercado internacional, y las intenciones manifiestas de Fox y Muños Leos, no se concluyó este por la misma razón que Pinochet no privatizó la industria chilena del cobre: el estado se habría quedado sin dinero para operar. La utilización de los ingresos de PEMEX, vía el Sindicato para financiar la campaña del PRI en 1999 (PEMEXGATE), sólo fue la punta del iceberg de la desviación de los mismos.
Por eso, podemos ver que, en lugar de una mayor autonomía e independencia económica nacional, el período se caracterizó por la aparición de algo que no existía en la cultura mexicana: “la Crisis”, crisis además recurrentes: 1976, 1982, 1994, las cuales suelen explicarse por los cambios sexenales de gobierno, pero que en todo caso permitieron en cada momento, que el Imperio estadounidense nos diera otra vuelta de tuerca en la exanción de recursos, fondos financieros, y forma de gobierno. En 1976, dos años después de comenzar el auge de producción petrolera, se devaluó por primera vez el peso desde 1954. Aunque se planteó entonces, de manera débil, que hubo una coyuntura en donde se dio lo que Rolando Cordera y Carlos Tello llamaron “Disputa por la Nación” (1981), que, con el apoyo internacional a los grandes fraudes electorales de 1988, 1994 y 2006, se decidió con la hegemonía total del proyecto neoliberal de las “reformas estructurales” que fue aplicado a la letra bajo un proyecto de 35 años (según expresó Ángel Gurría). Los encargados de hacerlo fueron lo que se llamó “grupo compacto” o del Banco de México que, desde los años 60, siguió una política de becar funcionarios en universidades de Estados Unidos o formarlos en una institución ad hoc (el Instituto Tecnológico Autónomo de México, ITAM) para asegurar una coherencia ideológica y acorde a los funcionarios de los organismos financieros internacionales. Así, se rompió la costumbre de que el presidente fuera un exsecretario de Gobernación, y desde José López Portillo serían exsecretarios del sector financiero: 3 presidentes sucesivos mexicanos surgieron de este tipo de posgrados, mientras el cuarto fue un ejecutivo de Coca-Cola (que se decía y dice empresario) de padre estadounidense (se modificó la Constitución para permitírselo).
La coerción externa y la pinza entre la exportación del petróleo y las finanzas se evidenció con los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) de 1976, donde se recibió un préstamo del FMI ofreciendo como garantía, explícitamente, los nuevos yacimientos del Mesozoico de Chiapas y Tabasco (FMI, 1977). En 1982, se firmó una carta de intención con el Fondo Monetario, en la que el país se comprometió a venderle a la Reserva Estratégica de Estados Unidos (para bajar el precio internacional del petróleo y debilitar la posición de la OPEP).
Síndrome Petrolero
Justo por los procesos en países como Holanda, Argelia, Indonesia y Venezuela, que tuvieron auges de producción de petróleo por la demanda externa de Estados Unidos para reponer lo que dejaban de recibir de los países árabes entre 1973 y 1982, varios autores, como Scherr (1985), acuñaron la definición de “Oil Syndrome” (Síndrome Petrolero) para describir como toda su organización y vida económica pasó a girar y depender de la producción y exportación del petróleo. Especialmente, hubo una reducción en la producción de alimentos y productos manufacturados que pasaban a importar con el exceso relativo de ingresos, y la mayor rentabilidad para dedicar recursos a actividades petroleras. Un fenómeno particular de esta distorsión económica era que, al disminuir la producción de alimentos y bienes de consumo, aumentaba la inflación. Justo, una de las estrategias para bajarla consistía en aumentar las importaciones con préstamos sustentados en la producción esperada de crudo según las reservas, con lo que, además de los préstamos contratados para expandir la capacidad productiva petrolera, se cerraba un círculo vicioso de dependencia financiera que se esperaba romper incrementando al máximo y velozmente los ingresos petroleros aprovechando los precios altos del momento.
En 1981, escribía Heberto Castillo: “En 1976, PEMEX debía 438.6 millones de dólares, en julio de 1981 su deuda externa es de 11 000 millones, 25 veces más” (Castillo, 1999, 12) y Enrique Semo comentaba en 1999: “de motor de desarrollo, el crecimiento desmedido de la explotación petrolera se transformó, a partir de 1982, en fuente de la crisis de otras ramas de la economía” (Castillo, 1999, 13). Y desde 1981, Castillo (1999) advertía que “el petróleo sólo produce riqueza donde se consume”, y si no se le ve sólo como combustible, sino que se transforma y comercializa como productos petroquímicos.
Muy pronto, la producción petrolera quedó estrechamente vinculada a la firma de pactos y convenios financieros. De acuerdo con las fuentes oficiales y los documentos, esta relación se justificó por la vulnerabilidad de las finanzas públicas respecto a los precios del petróleo. La crisis financiera mexicana del 82, que llevó a la suspensión de pagos, también fue una crisis asociada a un déficit de productos agrícolas. La Carta de Intenciones de 1982 fue un compromiso con los principios de la política neoliberal que rigieron progresivamente los siguientes treinta y seis años. Asimismo, comprometió las ventas de crudo por adelantado a precios castigados para abastecer la Reserva Estratégica de Estados Unidos. En 1984, explícitamente el acuerdo fue, al mismo tiempo, un convenio de compra de granos a los Estados Unidos. La importación de alimentos, particularmente de granos a partir de 1976, hace evidente la coincidencia de la pérdida de la soberanía alimentaria con la sobreproducción petrolera. Posteriormente, con el Tratado de Libre Comercio (1992) ratificado en 1993, quedó establecido que México renunció a la autonomía en granos básicos a cambio de especializarse en cultivos de exportación para los Estados Unidos. En 1994, el paquete de rescate del presidente Bill Clinton incluyó el depósito de la renta petrolera en Nueva York y el compromiso de legislar la privatización de la petroquímica, aparte de profundizar en aplicar los lineamientos del llamado “Consenso de Washington” (Desregulación, privatización, liberalización comercial, reducción del déficit fiscal, reducción de subsidios, etc.)
De acuerdo con la División de Estadísticas de las Naciones Unidas (2022), el porcentaje de importación de alimentos respecto a la importación total de mercaderías de México, aunque muy fluctuante, pasó de 7.36% en 1970 a 16.47 en 1974, 13.08 en 1977, 13.96 en 1981, 20.56 en 1983, y desde 1994 se mantuvo alrededor del 6%.
Conclusiones
La revisión de indicadores y hechos en relación con la producción petrolera en su mejor momento en México con la dinámica de la economía nacional no sólo prueba la aseveración y los argumentos con que en su momento Heberto Castillo se confrontó con el presidente José López Portillo y el director de PEMEX, Jorge Díaz Serrano, sino que también muestra claramente que México sufrió del Síndrome Petrolero, llegando a perder la soberanía alimentaria de la que gozaba antes del boom. Además, queda claro que la alta y veloz producción y exportación de crudo, más que generar una economía y finanzas solventes, dieron lugar a una situación de crisis económicas recurrentes y dejaron al país a merced de los mandatos y mecanismos de las instituciones financieras internacionales y de Estados Unidos; lo que llevó a abrir camino sin resistencia a la imposición de una forma de gobierno y administración neoliberal, incluso, subsidiando la creación de lo que normalmente en México se llama una “clase política”, pero que por su amplitud y diversidad puede describirse mejor bajo la categoría gramsciana de Bloque Histórico. La alta producción y exportación de petróleo no trajo —como lo anunció Castillo— una mayor soberanía, sino por el contrario, incrementó la dependencia del poder imperial, e incluso facilitó el proceso de integración subordinada que se materializó con el Tratado de Libre Comercio y las llamadas “Reformas Estructurales” (Hacendaria, Financiera, Laboral, Educativa y Energética).
Referencias
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Ilustración conceptual de la industria petrolera mexicana. Imagen creada con inteligencia artificial mediante OpenAI (ChatGPT + DALL·E) para Revista Criba. Historia y Cultura (2026). Uso exclusivamente ilustrativo.
* Rodolfo Uribe Iniesta: Actualmente es investigador invitado Colegio de la Frontera Sur, sede Villahermosa, Tabasco. Investigador Titular “C” del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias UNAM. Ha sido Investigador Invitado Universidad de Salamanca, España; Fellow Researcher, National Australian University. Director Radio La Voz de los Chontales, Nacajuca, Tabasco (1990-1991). Profesor del Posgrado de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM desde el 2002. Libros: Tan i Kajalin, UNAM, 1999 y 2019. Del Desarrollismo a la Globalización, Ensamblando Tabasco, 2003, UNAM. Espacios y Criterios para la Democracia, 2006, UNAM; Tiempos y procesos en la constitución de un espacio regional. El caso de Tabasco, UNAM, 2016; Perspectivas para el estudio de procesos culturales regionales desde la complejidad, UdeG, 2007; Epistemología de la complejidad para la investigación académica, UNAM, 2022.
Correo electrónico: rui@unam.mx
Resumen: En México, la cuestión petrolera siempre ha sido vista desde la perspectiva de la soberanía. Sin embargo, un país petrolero se define no sólo por producir y exportar petróleo, sino por cómo esta actividad centra y organiza el territorio, la economía y la sociedad de acuerdo con sus necesidades, y determina procesos financieros y políticos. Además, el incremento de la producción aumenta la dependencia del país respecto al poder hegemónico al contratar deuda, depender de esos ingresos y atarse a sus cadenas de consumo y relaciones políticas, como ocurrió en el caso mexicano entre 1973 a 2006, cuando el país alcanzó su mayor producción y exportación de crudo.
Palabras clave: Petróleo/ México/ deuda externa/ soberanía.
Mexico, an Oil-Producing Country, 1973–2006: From Sovereignty to Permanent Crisis
Abstract: In Mexico, the oil issue has always been seen from the perspective of sovereignty. However, an oil-producting country is defined not only by producing and exporting oil but by how this activity leads and organizes the territory, the economy and society according to its needs, and how it determines financial and political processes. Yet the increase in production, increases the country’s dependence on the hegemonic power by contracting debt, income dependence and tying itself to its consumption chains and political relations, as happened in the Mexican case between 1973 to 2006, when the country reached its highest oil production and export.
Keyword: Oil/ Mexico/ external debt/ sovereignty
Cómo citar este artículo: Uribe, Rodolfo. “México, país petrolero, 1973-2006. De la soberanía a la crisis permanente.” Criba. Historia y Cultura, no. 13, jul-sept. 2026, pp. 9-19.
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