qué/ ¿poesía?

Necesidad. Por Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló *

Necesidad

En la medida en que el espacio de la escritura —en medio de sus complejos procesos y prácticas sociales— da un giro y, por sus propios y misteriosos medios, se empieza a mostrar como algo más íntimo —casi secreto— que se ofrece para recibir una interioridad que lo reclama con urgencia, también nos damos cuenta que, como la propia necesidad que lo procura, su punto de origen es oscuro e indefinido. Como en un principio los medios expresivos suelen ser muy limitados, es difícil establecer una relación gozosa con la escritura, sobre todo si ésta tiende más a moverse por la emoción que por el relato (para las fases iniciales, el gusto de relatar o el placer musical del poema están más cercanos a la oralidad y sus procedimientos). Tampoco importa qué tanta facilidad se tenga para escribir —porque puede haberla—, la dificultad se manifiesta y todo el tiempo nos remite a ese origen oscuro e indefinido que nos mantiene escribiendo. Esa primera necesidad tiene que ver con el intento de vislumbrar, arrojar algo de luz sobre aquella zona, probar —quizá por intuición o inquietud— si a través de las palabras se puede llegar allí y si éstas son capaces de perfilar, destacar una imagen, una forma que consiga darle sentido y visibilidad a todas esas fuerzas, porque en su estado natural son eso, fuerzas. Pero hay algo en este intento que me parece sorprendente: cuando se logra cualquier tipo de acercamiento sensible, es posible palpar que, aunque se trata de fuerzas que se mueven dentro de uno mismo y son el sustento de la vida individual, parecieran tener una realidad objetiva, ¿el indicio, la semilla de un lenguaje, de otro lenguaje?, ¿de una identidad que vaya más allá de la persona? Es allí donde, al comprenderlo, se pueden emprender una serie de operaciones que, al sumarse, al ser inquiridas y observadas, al enfrentarlas con sus símiles, sus contrapartes internas y externas, al enlazarlas, permiten el desarrollo, el conocimiento de una nueva necesidad que ya podría calificarse de estética y cuya vocación fundamental, cada vez más clara, es la búsqueda de sentido y, al mismo tiempo, resonancia, interacción.

Esto es sólo una esquematización trazada para explicarme una serie de fenómenos complejos, muchas veces simultáneos, y una historia llena de contradicciones y contrariedades, préstamos, intercambios, naufragios y, en el mejor de los casos, algún hallazgo, en el que no se puede descartar el surgimiento de una espontaneidad inesperada. Lo que me interesa destacar, más allá de la motivación inmediata o los recursos formales empleados en la composición de un texto que, como diría Josu Landa, “aspira a la condición de poema”, es la importancia y preeminencia del impulso primario, la necesidad de mantener viva esta fuerza cuya continuidad y dinamismo —en sus sucesivas transformaciones y búsquedas— nos brinda la posibilidad de una revelación auténtica y vigorosa. Porque, finalmente, ese lado oculto de las cosas, ese misterio que buscamos abordar, esa multiplicidad que aflora en cada forma somos nosotros mismos y están ligados a nuestras experiencias y, en el fondo, lo sabemos. T.S. Eliot nos dice en un par de versos de “The Dry Salvages”: “Tuvimos la experiencia pero perdimos el sentido/ y aproximarse al sentido restaura la experiencia”. Y esta recuperación (la de nuestra vida), en buena medida nos empuja a proseguir con tales búsquedas.

La primera vez que tuve en mis manos (y recurro a la primera persona y a mi experiencia personal, pues no veo desde qué otra perspectiva se puede hablar de la necesidad), repito, la primera vez que tuve en mis manos las Cartas a un joven poeta, cuando llegué al conocido pasaje —que en seguida cito— tuve que detenerme y hasta cierto punto perderme (que acaso también es una manera de encontrarse):

 

… ante todo: pregúntese en la hora más serena de la noche: ¿debo escribir? Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y simple “debo”, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más insignificante, un signo, un testimonio de este impulso…

 

Creí vehementemente que en ese punto se concentraba el brote vivo de una vocación, pero aún tardé mucho tiempo en darme cuenta de que la necesidad y la fe eran cosas relacionadas pero distintas, tal y como, en realidad, termina por plantear el propio texto de Rilke. En la necesidad todo es interno y misterioso, pareciera que para recompensarte, cuando surge y busca una cristalización, su realidad es inobjetable. Construir una vida alrededor de esto, como indica Rilke, ya lo dije, es otra cosa, algo que sin duda vale la pena, pero es otra cosa porque la necesidad de escribir, más allá de formularse como un deseo consciente, no siempre es una condición estable y esto podría extenderse a muchos estados de la percepción y la conciencia. Mantenerse en forma, estar atentos, más que nada implica un acto de voluntad —y quizá de fe— encaminado a equilibrar el profundo desasosiego que produce la falta de asideros, la imposibilidad de plantarse sobre un terreno firme al momento de escribir por necesidad.

Durante toda mi vida he sentido fascinación por las formas poéticas tradicionales o modernas, y quisiera pensar que mi manera de mantenerme en forma es la lectura. Sé, por experiencia, que la lectura es una de las motivaciones más fuertes para escribir y no dudo que la necesidad de escribir se relaciona directamente con esta actividad. Como una práctica paralela a la constante lectura de poemas, que siempre está presente, con frecuencia reviso y consulto textos sobre versificación, poética o retórica, con el objeto deliberado de alcanzar un conocimiento más completo de lo que leo, y porque —se quiera o no— constituyen un instrumental imprescindible para quien aspire a acercarse —desde afuera o adentro—a cualquier expresión poética. Sin embargo, a pesar de estas lecturas, sobre todo las de carácter más técnico que exigen una serie de esfuerzos considerables, muy pocas veces he intentado escribir un poema bajo la mirada de estos preceptos y, cuando esto ha sucedido, me resulta muy pesado el hecho de saber que estoy haciendo un ejercicio, y en ese momento siento que el texto se vuelve hueco y estéril, que las salidas se hacen previsibles: falta la necesidad (de esos intentos, por cierto, sólo conservo algunos haikús, que casi salen solos, y un soneto cuyo último terceto me apareció en un sueño y sin demandarme propiamente su composición, cosa que me ha hecho estimarlo). Recuerdo que cuando era un adolescente disfrutaba mucho los pocos ejercicios de metrificación que nos dejaban en la escuela (todavía se hacía eso); por mi parte y —por una inusitada fortuna— con la complicidad e ingenio de algunos amigos, investigué y ensayé con muchas formas que estaban fuera de mis deberes escolares, era un juego maravilloso cuyas reglas eran, precisamente, el principal atractivo y reto; no sé en qué momento le perdí el gusto, en qué momento dejé que se me fuera de las manos eso que mi amigo, el poeta Luis Javier Herrera, ha denominado con acierto y profundidad: “el puro lugar común”, ese lugar de encuentro y reconocimiento que es la tradición y su verdadero “sentido común” y comunitario. Reconozco que en mis textos aparecen estructuras estróficas (no podría ser de otro modo y eso hay que saberlo), algunos endecasílabos de distintos tipos aquí y allá, eneasílabos y de manera casi automática el octosílabo, cierta disposición, a veces muy deliberada, de los pies rítmicos o distintos grados de rima —que me permiten pensar, fluir, avanzar—, pero me siento incapaz de resonar por completo con alguna de las formas establecidas cuyas exigencias rebasen la configuración del verso como tal; no tengo ese consuelo y, por tanto, reconozco, también, que esta práctica no es para mí la mejor manera, como dirían los pintores, de soltar la mano, de cultivar algún aspecto de ese estado de atención que se requiere para establecer el punto de encaje entre la experiencia, la emoción y la lengua. Si tratara de responder a la pregunta que me hice unas líneas arriba, ¿en qué momento…?, diría que en el momento en que sentí la necesidad real de escribir por mi cuenta, aparejada, y quizás esto sea más determinante aún, con un atisbo de conciencia sobre el mundo en que me tocó escribir, sus disonancias y fricciones, su extrañeza y, como consecuencia, una percepción de la inobjetable historicidad de las formas y sus desarrollos, la necesidad de engarzar en ellas los signos de un tiempo intransferible, conflictivo, denso y muy demandante. Atender a las necesidades expresivas, además, es un proceso de depuración que así como revela paisajes y pulsiones interiores insospechados puede, y casi siempre lo hace, poner en crisis los afectos y apegos más arraigados.

Creo que todo mundo tiene alguna idea sobre la poesía. Hay poesía en el mundo, “hay poesía —afirma Octavio Paz— sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas”. Todo mundo tiene alguna idea o experiencia al respecto. La mayoría de los textos que llegan a los concursos literarios, por ejemplo, así lo reflejan. Sus autores, con un gesto que sin dudarlo podría calificarse de “poético”, han vaciado en ellos un catálogo de vivencias, sentimientos, deseos, necesidades cuya sinceridad sería imposible poner en tela de juicio. Podría decir que —simplificando— todos ellos saben —porque no es algo reservado exclusivamente para los poetas—, qué puede motivar el contacto con la poesía, lo poético, o qué nos hace buscarlos, cuál es su “utilidad” en un momento de apremio, soledad, exaltación o felicidad, porque en esta percepción y esfuerzo hay un traslado, un movimiento, una amplitud, un intercambio que nos desahoga y ayuda. Lo que muchas veces no está al alcance es el poema. En el mismo texto citado, Octavio Paz concluye: “Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aísla y revela plenamente”. En el tránsito de lo poético al poema nos enfrentamos al misterio múltiple de la forma, sin el cual no puede darse. Se trata también de un movimiento múltiple en sus direccionalidades, porque desde la forma, a la vez que se encarna, se irradia, se señala y significa lo poético. No es sólo cuestión de conocer las formas o de convivir con ellas, hay algo más, como si éstas tuvieran que darse cuando hacen falta y de manera puntual. En el poema nada está sobrentendido, pues en él sólo cuenta lo que en él se dice, aunque esto casi nunca sea del todo evidente y lo sobrentendido, además, siga haciendo su parte. En el terreno de la objetividad contamos con los elementos comprobables que aporta la forma, sin embargo, en el terreno del sentido, más allá de la literalidad de las palabras y de su sintaxis, los caminos —muchas veces inducidos por las formas, las palabras mismas y los procedimientos retóricos— pueden tomar rumbos inesperados o llevarnos a impresiones y sentimientos que lo desbordan y nos obligan a percibir que el propio lenguaje, como tal es productor de sentido.

La necesidad de acercarse a la escritura de un poema, contra lo que se podría pensar, guarda una relación un tanto distante si no es que conflictiva con un “querer decir algo”. Me parece que el acto volitivo en el poema sólo constituye, de manera intermitente o tangencial, una parte de él y cuando se impone casi siempre lo hace naufragar. Es cierto que se toman decisiones en función de ese querer decir y es un hecho que hay experiencias, emociones, inquietudes, realidades, sufrimientos y aun ideas o concepciones que nos obligan a comprometernos con su expresión; “debo hacerlo, debo escribir sobre eso, siento la exigencia, tengo que intentarlo, es urgente para mí”, son necesidades legítimas que proveen de una tensión indispensable para el desarrollo del poema e incluso para que éste alcance una mínima condición sensible, pero una vez en ese punto el poema pide respirar por sí mismo y la nitidez o la opacidad con que se va manifestando sólo dependen de quien escribe en la medida en que sepa o intuya qué medios allegarle, pues estoy convencido, y ya lo he dicho en otra parte, de que el poema sabe más que el poeta, y es por eso que también puede dar cabida a muchos aspectos no previstos por la necesidad, que vienen directamente de los márgenes de libertad que el poema reclama. El poema también sabe, porque la padece en su propio cuerpo, a qué temperatura se está cocinando y eso, en algo nos vuelve a remitir a sus orígenes, a la disposición inicial que está en juego y que se aclara o ahonda, aunque tenga que pasar por otros lugares. No se trata de un proceso que se hace en frío o sobre el que se puedan hacer demasiados cálculos, el poema reclama su propia distancia, tensión y mirada. “La emoción recordada en la tranquilidad” de la que habla Wordsworth no es una condición indispensable para que se dé el poema, estoy seguro de que muchos poemas de Girondo, Juan Gelman o Max Rojas se concibieron y escribieron en condiciones agobiantes y a muy altas temperaturas emocionales o vitales, y esto queda trabado en sus formas, sus palabras y en los intensos efectos que producen. El poema, finalmente, cuando responde a la necesidad terminará por decirnos de viva voz “lo que queríamos decir” —y, de paso, si podemos hacerlo o no—, independientemente de la voluntad concreta de decir algo. Es por eso que desde su realidad y perspectiva también puede mandarnos señales aumentadas y sorprendentemente precisas sobre las nuestras y las de muchos otros.

Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló (Tijuana, B. C., 1952), poeta, editor y traductor. Estudió comunicación (UIA), la maestría en letras mexicanas (UIA-UNAM) y música (CNM).

Ha publicado varios títulos de poesía. Por más de cuatro décadas se ha dedicado al trabajo editorial. Ha realizado trabajo de edición, producción y desarrollo de proyectos editoriales para las principales editoriales del país y también para diversas instituciones culturales y académicas.

Entre 2016 y 2019 fue coordinador editorial de la Academia Mexicana de la Lengua. Actualmente es colaborador de la unidad editorial de El Colegio de San Luis, editor de la gaceta Criba y de la colección Libros del Alicate.

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