qué/ ¿poesía?

Pobreza. Por Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló *

Pobreza

El lenguaje también se empobrece, no es ajeno al empobrecimiento general, pero la poesía resiste lo que puede y se vuelve contra esta condición. Cuando el lenguaje, como sucede crónicamente en nuestras sociedades actuales, ejerce en el día a día y sin tregua su capacidad autoritaria de imponer sentidos unívocos y cada vez más connotados, polarizados y ciertamente pobres, cuando, además, esta capacidad es ponderada como la única posible, no resulta difícil identificarlo con un férreo o, según el caso, endeble soporte que, sostenido a saco, mantiene y da forma —así sea de manera falaz, venal y hasta criminal— a un determinado estado de cosas, es decir, a los poderes de distinto orden y a sus propósitos evidentes o no; en cualquier caso, el resultado siempre es un grave encogimiento de las comunicaciones interpersonales, más aún, de la conciencia —diría Hölderlin—, y un enfermizo vasallaje del sentido y lo que esto implica para el cuerpo social, cada vez más huérfano de voz, casi siempre sin saberlo y, por tanto, inerme. Es ahí cuando la poesía, y casi sólo ella, abre otras dimensiones del lenguaje —quizá las más antiguas, por relacionarse con la desnuda naturaleza humana y aun con lo no humano—, al contraponer una corriente distinta y mucho más vital de significados y formas; al subvertir y aportar otras sintaxis para leer el mundo y al mismo tiempo no desaparecer de él; al subrayar el carácter material de las palabras, su viva plasticidad o su caudal erótico; al sustraerlas y rescatarlas del utilitarismo romo y restablecerles su potencia emocional, cognoscitiva y crítica, e incluso su legítimo carácter celebratorio y lúdico. Lo que quiero decir es que, por encima de su trabazón histórico-temporal —todo poeta escribe desde su tiempo y con él—, o de las convenciones formales, que las tiene pues su quehacer ocupa un largo historial del que se tiene amplia y fecunda memoria, la poesía desregula, desestabiliza y altera los discursos más lineales, duros y, en consecuencia, pone en crisis las realidades que pretenden sostener, fijar o representar.

Antonio Gamoneda habla de la poesía como un lenguaje “no normalizado” y aunque lo dice desde un contexto y una razón muy específica —como sucede siempre con la poesía—, no puedo dejar de citarlo en extenso, por lo que nos enseña sobre su qué, su cómo y de lo que en ella, a contracorriente, puede alojarse como en ningún otro sitio:

 

En nosotros (“los de la pobreza”, los que nos hemos acercado al conocimiento de forma intuitiva y solitaria y los que, advertida o inadvertidamente, se han identificado con nosotros) la subjetivación radical y el patetismo resultarán naturales, y nuestro lenguaje no estará “normalizado” porque, aun amando la paz, el nuestro será un lenguaje poética y semánticamente subversivo. El sufrimiento de causa social es nuestro sufrimiento, y penetra, en modo imprevisible, nuestra conciencia lingüística.

 

Al leer sus poemas podemos sentir esa conciencia alterada donde las palabras pueden llegar a otros límites, que no se manifiesta ni remotamente en consigna o argumentación, sino en el estado convulsivo de un lenguaje “no normalizado” que desata la posibilidad de abordar la realidad que allí se alcanza de manera íntima —y aun sufriente y sensible—, como si nos hubiéramos sumergido en ella.

Como dije al principio, la poesía resiste lo que puede. Mantener esa figura de estar sola frente al mundo no es tampoco función o postura de la poesía, y por eso se ve obligada a indagar a través de los lenguajes empobrecidos y entre la propia miseria que hay en el mundo, a la que no puede dar la espalda. Buscar las formas o desmantelarlas, tomar consejo de la necesidad, tomarle el pulso al tiempo, restañarlo para poder asir sus complejidades, señalar o reflejar sus sufrimientos o alienaciones; llevarnos, así sea por un camino escabroso a ese estado de conmoción, que también es una forma de conocimiento, del que han hablado tantos poetas y al que tampoco se le puede dar la espalda.

Tanto para Lezama Lima como para René Char, frente a la erosión y los despojos del devenir y la historia, la poesía levanta señales luminosas. El primero afirma, “

 

si nuestra época ha alcanzado una indeterminable fuerza de destrucción, hay que hacer la revolución que cree una indeterminable fuerza de creación, que fortalezca los recuerdos, que precise los sueños, que corporice las imágenes, que le dé el mejor trato a los muertos, que le dé a los efímeros una suntuosa lectura de su transparencia, permitiéndoles a los vivientes una navegación segura y corriente por ese tenebrario.

 

Por su parte, Char aconseja lo siguiente:

 

mide la longitud cantora de los musgos… Confíate en voz baja a las aguas indómitas que amamos. Así te prepararás para la brutalidad: nuestra brutalidad que va a comenzar a mostrarse audazmente. ¿Se trata de la puerta de nuestro fin oscuro?, preguntabas. No, permanecemos en lo inconcebible, pero con señales deslumbrantes.

 

Si los tiempos son aciagos, si la pregunta ¿para qué poesía? ha tomado carta de naturalización en un mundo dominado por los espejismos y ambigüedades de los mass media, por el empobrecimiento progresivo de los discursos y de quien pudiera reflejarse en ellos, que no son pocos. ¿Qué nos queda, entonces?, quizá, para librarnos de todos esos abultamientos, que en realidad nos disminuyen con su sobrecarga, paradójicamente hueca, la salida —así parecen decirnos algunos poetas— sea la desnudez, un luminoso voto de pobreza, como podemos advertir en los poemas más recientes de Rafael Cadenas, o en la trepidante condición que nos revelan los muy breves poemas sefarditas de Clarisse Nicoïdsky que, con medios de difusión o sin ellos, en un contexto democrático —en caso de que exista— o no, sorteando toda clase de dificultades, han encontrado a sus lectores para conmoverlos, no con formas exuberantes y desbordadas, sino todo lo contrario.

 

Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló

Luis Cortés Bargalló (Tijuana, B. C., 1952), poeta, editor y traductor. Estudió comunicación (UIA), la maestría en letras mexicanas (UIA-UNAM) y música (CNM).

Ha publicado varios títulos de poesía. Por más de cuatro décadas se ha dedicado al trabajo editorial. Ha realizado trabajo de edición, producción y desarrollo de proyectos editoriales para las principales editoriales del país y también para diversas instituciones culturales y académicas.

Entre 2016 y 2019 fue coordinador editorial de la Academia Mexicana de la Lengua. Actualmente es colaborador de la unidad editorial de El Colegio de San Luis, editor de la gaceta Criba y de la colección Libros del Alicate.

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